Por la boca muere el pez.
Siempre he considerado tal afirmación discutible. Si bien es cierto que por la boca el pez muerde el anzuelo, ese no es más que el principio del fin. Su muerte bien podrá deberse a algún proceso industrial, o tal vez a procesos más artesanales, como el decapitamiento, ser azotado hasta la muerte, atravesado por un palo o simple asfixia. Es más, un pez bien puede ser atrapado sin siquiera recurrir a un anzuelo, baste mencionar los habituales ejemplos de la red de pesca y la lanza o arpón.
Pero no es de peces de lo que iba a hablar, sino de mi gran bocota. O más bien, ocasional conducta irreflexiva. Ayer por la tarde, en el dojo, tuvimos que ponernos de acuerdo para ver quienes aportarían con las colaciones para los niños del proyecto social el día sábado, y no se me ocurrió nada mejor que aportar con empanadas. Bien pude haber comprado una veintena de paquetes de galletas, pero no, yo quería hacer empanadas.
Lo que nos lleva al relleno por excelencia de la empanada, el pino. Y como es sabido por todo el mundo (y quien no lo sepa haga el favor de quitarse la vida), uno de los ingredientes fundamentales del pino es la cebolla. Cebolla. Si hay algo que detesto hacer, porque me hace pedazos los ojos, es picar cebolla.
Y aquí estoy, descansando mis globos oculares ya inyectados en sangre, con siete cebollas más por delante y sólo tres picadas a la fecha, lo que implica que para cuando termine de picar esas jodidas cebollas, regadas con nada menos que gas lacrimógeno militar, porque no resulta creíble que usen algo distinto para cultivarlas, voy a estar llorando como una niña, con los ojos peor de lo que ya están, y maldiciendo como no suelo hacer frecuentemente.
Como no les gusten las empanadas, o me salgan con que no comen empanadas de pino, les doy de patadas. Palabra.
Pero no es de peces de lo que iba a hablar, sino de mi gran bocota. O más bien, ocasional conducta irreflexiva. Ayer por la tarde, en el dojo, tuvimos que ponernos de acuerdo para ver quienes aportarían con las colaciones para los niños del proyecto social el día sábado, y no se me ocurrió nada mejor que aportar con empanadas. Bien pude haber comprado una veintena de paquetes de galletas, pero no, yo quería hacer empanadas.
Lo que nos lleva al relleno por excelencia de la empanada, el pino. Y como es sabido por todo el mundo (y quien no lo sepa haga el favor de quitarse la vida), uno de los ingredientes fundamentales del pino es la cebolla. Cebolla. Si hay algo que detesto hacer, porque me hace pedazos los ojos, es picar cebolla.
Y aquí estoy, descansando mis globos oculares ya inyectados en sangre, con siete cebollas más por delante y sólo tres picadas a la fecha, lo que implica que para cuando termine de picar esas jodidas cebollas, regadas con nada menos que gas lacrimógeno militar, porque no resulta creíble que usen algo distinto para cultivarlas, voy a estar llorando como una niña, con los ojos peor de lo que ya están, y maldiciendo como no suelo hacer frecuentemente.
Como no les gusten las empanadas, o me salgan con que no comen empanadas de pino, les doy de patadas. Palabra.

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