Chago's Corner

Francamente, no se me ocurre una descripción adecuada. ¿Y a ustedes?

Nombre: Unknown

domingo, abril 04, 2010

¡Abandonen el barco!

Al escuchar tal exclamación uno no puede evitar notar que, después de todo, no ser capitán no es tan malo.

Siendo poco menos de las dos de la mañana (algo menos de la una, con el cambio de hora) me encuentro sentado escribiendo. Hasta hace un minuto atrás leía y antes de eso, por espacio de más de una hora, intentaba dormir. No hacen falta grandes poderes de deducción para percatarse de que fallé miserablemente en dicha empresa. Fracaso que ciertamente me pesa, de verdad tenía sueño. Pero
ellos se confabularon en mi contra una vez más, y me lo impidieron. De nuevo.

Llegados a éste punto del relato puedo fácilmente imaginar al lector sentado ante su computador, con una mueca que denota incredulidad e inquietud."¿
Ellos se confabularon en su contra? ¿De verdad puso eso por escrito?"

"Se veía venir", pensarán algunos. "Siempre pensé que tardaría más" dirán otros, y todavía los habrá que digan "noticia vieja, hace tiempo que lo veo caminar solo por las noches hablando consigo mismo y gritándole cosas a los árboles*".


No, no estoy loco, o cuando menos no demasiado. "Ellos" están perfectamente identificados y no son ningún culto oscuro, sociedad secreta, policía secreta, extraterrestres o inadaptados sociales disfrazados de gato; no, la verdad es siempre peor, mucho peor. Son los vecinos.


En algún trágico momento de la historia los propietarios de algunos departamentos aledaños al mío decidieron arrendarlos. Siendo, como evidentemente son, seres inconscientes, desconsiderados y tal vez hasta positivamente malintencionados, arrendaron los inmuebles a la más baja calaña de bestia humanoide, la lacra social que atesta los antros en que se desarrolla la mal llamada vida nocturna. Me refiero, como el lector ya habrá concluido, al adulto joven/alumno universitario.


Para tratar de ser ligeramente justo he de admitir que no se puede echar a todas esas alimañas al mismo saco. Hay alumnos que efectivamente estudian (he ahí la distinción entre alumno y estudiante) y adultos jóvenes que trabajan, intentan formar familia o llevan sus vidas discretamente sin molestar a nadie. Y en la postura diametralmente opuesta tenemos a mis vecinos.


Ya no llevo la cuenta de cuántas veces me he levantado a tocar timbres, golpear puertas e ir a buscar personalmente a carabineros** a lo largo de los últimos años, ni de la frecuencia con que lo hago. Años atrás era algo así como una vez al mes. Hoy por hoy, tras largos ejercicios de paciencia, tengo que hacer esfuerzos titánicos para no levantarme a odiar de lunes a lunes porque, por razones que la ciencia moderna no consigue explicar, estos individuos*** lisa y llanamente no duermen. Lo que se traduce en que los que alguna vez dormimos en forma regular hoy lo hacemos considerablemente menos, con todo lo que ello implica. No me sorprendería que la próxima vez que un médico me ausculte el pecho lo único que consiga escuchar sea "tic-tac".


Hace no mucho rato fui testigo (o víctima) de lo que sin duda son esfuerzos de ésta gente por superarse a sí misma. No solo han desarrollado el hábito de carretear en sus balcones, lo que implica poner la música a volumen suficiente para que se escuche fuerte en el balcón sino que además conlleva gritar para hacerse oír por sobre la música****, sino que en su constante afán por incordiar al prójimo han comenzado a explorar nuevas formas de hacerse odiar.


Resulta que hace un rato tuve que salir de mi cama, vestirme y salir al patio a hacerlos callar, porque los (introduzca aquí los insultos que crea convenientes, nunca son suficientes) estaban tomando (no diré bebiendo, dado que ello implica un grado de sofisticación del que los creo incapaces) y conversando a gritos fuera de mi ventana. Obviamente no guardaron silencio inmediatamente luego de que los hiciera callar, pero se fueron de vuelta a su departamento tras unos pocos minutos y al cabo de un rato dejaron de hacer ruido.


Es al volver a mi habitación que me asaltan algunos problemas existenciales. El primero de ellos, ¿es la vida verdaderamente tan sagrada? ¿Lo suficiente como para que nunca pueda considerarse que el hecho de que el vecino esté vivo sea un problema que debe ser remediado?; segundo, pareciera ser que uno nunca tiene las suficientes herramientas en casa. Pasemos lista:


Máscara de hockey: no.
Machete: no.
Hacha: no.
Palo de golf, 6-iron: no.
Tommy gun: no.
Motosierra: no.
Gas mostaza: no.

Pero desvarío (en la primera acepción del vocablo).

El fenómeno "vecinos problema" parece ser un mal agresivo y de veloz propagación, como el cáncer, y veo con dolor que afecta no sólo al lugar en que vivo, sino a varias partes del sector norte - poniente de Viña en general. Lo que me parece trágico. Uno aprende a querer a Viña a pesar de sus pequeños defectos: sus veredas comparables a pistas de bicicross, sus calles que se vuelven intransitables al más leve asomo de lluvia, los lomos de toro que aparecen en forma aleatoria cada vez empiezan obras de construcción (esto porque carecemos de un auténtico alcantarillado), los sospechosos e inexplicables olores a... sepa dios qué horrores, que van y vienen sin causa aparente y los trabajadores sociales***** que pululan por sus calles tras la puesta de sol. Pero con estos vecinos no hay nada que hacer, me rindo. Abandonen el barco, y que mal rayo parta a estos canallas.


Si usted está contemplando irse a vivir a la zona en cuestión, piénselo dos veces. Y luego una tercera. Después, piénselo mejor. Y si luego de ello decide pese a todo hacerlo, bueno, se lo advertí.


* Fue a un solo árbol, y se las buscó. Me miró de esa forma.

** Los pacos.

*** Malditos sean ellos, su semilla y el fruto de sus entrañas hasta la decimoquinta generación y hasta el sexto grado en la lateral inclusive.

**** Lo que se traduce en que uno oye todas y cada una de sus insípidas conversaciones, se entera de sus amores y desamores y tristemente no se extraña de, en un plazo de años, jamás haberles oído decir nada que mereciera ser escuchado.


***** Travestis.

miércoles, julio 01, 2009

Falla en la comunicación.

Par de semanas atrás...
Amanece. El sol brilla, sus rayos arrojan destellos multicolores sobre el rocío en las hojas y el pasto. Huele a hierba mojada, trinan las aves; gloria del amanecer. La luz vuelve a derrotar a las tinieblas, la vida es buena y comienza un nuevo ciclo.
Por otro lado:
Suena el despertador, interrumpiendo mis escasas horas de sueño. Me incorporo como puedo (no voy a faltar a la verdad diciendo que me levanto de un salto; más bien, me dejo caer) y me dirijo hacia el aparato infernal, invento de algún monstruo que claramente odiaba a la humanidad y era enemigo jurado del Señor y sus hijos, y lo apago con rapidez. Es, tal vez, el único movimiento rápido del que soy capaz antes de ducharme. Me pongo mi roída bata (todos tenemos esa prenda de ropa a la que guardamos cariño y no hemos cambiado en años, muchas veces extendiendo su vida mucho más allá de lo que en realidad podría llamarse “vida útil”) y avanzo tambaleante a encender el calefón, con la misma determinación de aquél que sabe que debe sacrificar la vida por una gran causa, pero que daría lo que fuera porque el destinado a ello fuera cualquiera menos él.
Minutos más tarde (muchos, muchos minutos) estoy duchado, vestido, tal vez desayunado – rara vez recuerdo si he desayunado o no un fin de semana – y voy caminando hacia el terminal de buses. Es sábado y me toca ir a visitar a mi polola a Stgo. Durante el camino al terminal llevo cuenta del IMPC
[1] sólo para horrorizarme. Felizmente hoy no es tan alto como otras veces. Puedo escoger entre creer que se debe a que hay más personas trabajando, o que el frío, el hambre y el sistema de salud pública han dado cuenta de algunos de los habituales del centro. Elijo lo primero (contrario a lo que todo el mundo pueda pensar, a veces soy un optimista, pero lo disimulo muy bien).
Llego en una pieza al terminal. He conseguido sobrevivir a todos los increíbles peligros que ello implica, como cruzar la calle y caminar en espacios transitados por otros seres humanos, todos ellos amenazas potenciales (existen la necesidad, madre de todas las herejías; la demencia, madre de muchas puñaladas aleatorias; y la aleatoriedad, que hace que un sujeto indeterminado haga combustión espontánea, corra hacia ti, te pegue fuego y luego salte de un puente) y tras la compra del pasaje puedo por fin emprender el largo camino a casa de mi polola. De todos los asientos disponibles, he escogido el tres, que da directamente a la ventana frontal del bus, pues hoy tengo ganas de ir viendo el paisaje. El día es soleado, el cielo está despejado, ha llovido el día anterior, todo reboza verde.
Enfilo a los andenes, encuentro el bus, subo. Hay una pequeña mujer sentada en mi asiento. Ha de tener unos sesenta y algunos años. Parece percatarse de que la observo y me dirige una mirada. Le sonrío
[2].
- Buenos días.
- Éste es mi asiento.
- Me temo que no sea así. Mire, éste es el asiento 3, pasillo, se lee aquí arriba del asiento -
- Yo pedí éste asiento cuando compré el pasaje.
- Ha de haber sido un error del vendedor señora. Por favor, lea aquí, indica claramente que el tres es pasillo -
- Vamos a ver.
La mujer comienza se pone en pié y empieza a descender del bus. Tres o cuatro veces le pido que espere un momento, pero no me escucha. Porque no quiere, está más que claro que no tiene problema alguno de audición. Me digo en voz alta “fantástico”. No me sorprenden la burla y el fastidio en mi voz, pues dados mis ocasionales dotes de vidente
[3] sé cómo se van a dar las cosas. Tomo asiento en donde me corresponde, abro un libro y comienzo a leer.
Al cabo de pocas páginas veo pasar algo a mi lado y escucho “Felicitaciones joven”. Volteo. Es la mujer del asiento. Se ha sentado en el asiento 1. Se sabe derrotada, pero no está dispuesta a perder sin antes hacerme pasar un mal rato. Y esto es estúpido, pues si en lugar de haberse puesto en pié me hubiese escuchado cuando iba a decirle “no es necesario que baje a comprobar nada, puede sentarse ahí” nada de esto estaría pasando. Pero esta mujer pretende molestarme y hacerme pasar un mal rato por un error de suyo y por sus problemas de actitud, no los míos, y es sabido de todos que no soy dado a dejar pasar esas cosas con la misma facilidad que ignoro, digamos, una patada en la cara
[4].
- ¿Por qué me felicita?
- Porque logró lo que quería, me sacó del asiento.
Ah. Para allá vamos. Que fastidio.
- Pero su tono es absolutamente sarcástico. Si va a felicitarme, felicíteme en serio, de otro modo no tiene sentido.
Vuelvo a mi lectura.
- Me sacó de mi asiento.
- Mi distinguida señora, nada estaba más lejos de -
- Un caballero me habría cedido el asiento.
Como el lector puede observar, la mujer me interrumpe constantemente. Y yo, Señor de los Tontos, llamándola distinguida señora. A lo que conduce la cortesía
[5].
- Señora, yo iba a... -
- He viajado todos los fines de semana en ese asiento por años y usted llega y me saca de mi asiento, siendo que he viajado por años en ese asiento -
- ... no quiso escucharme.
- No tengo por qué escucharle porque – mentiría si dijera que comprendí lo que vino después de eso, pues era preciso interrumpir. En este tipo de conversaciones, es imperativo identificar el punto en que uno debe interrumpir. No hacerlo puede traer consecuencias horribles e irreparables, como que la otra persona se sienta a sus anchas para hablar sin parar hasta el fin de los tiempos.
- ¿No le interesa escucharme?
- No me interesa escucharlo -
- Entonces no tenemos nada de qué hablar. Iba a cederle el asiento, pero se fue sin querer escucharme, y ahora que bien pude habérselo cedido de buena gana, ha preferido molestarme que escucharme. Déjeme en paz, no tenemos nada de que hablar.
Vuelvo a mi lectura, con mi mejor cara de “no me hable”. Funciona, pues la mujer me deja en paz, pero voy molesto más de la mitad del camino pues efectivamente pasé un muy mal rato, absolutamente gratuito.
Hay quienes sostienen que la comprensión siempre es posible. Se equivocan. No hay cómo diablos darse a entender con una pared.
Por supuesto, pude haberme sentado en otro asiento al momento en que la mujer bajó del bus, pero me habría incordiado de todos modos. No habría servido de nada. Y admito que en el minuto no se me ocurrió.
¿Se justifica siempre transar, aunque uno tenga la razón? ¿O está bien defender la propia postura, pese a las consecuencias que ello pueda acarrear? Por otro lado, ¿frente a quiénes se puede transar?
[1] Índice de mendicidad por cuadra.
[2] Con la sonrisa amable, esa que uso tarde, mal y nunca. No con la hecha íntegramente de dientes.
[3] Léase: tratar con idiotas en forma reiterada me ha enseñado a predecir el desenlace de éste tipo de situaciones.
[4] ¡Hola Daniel!
[5] Según Amrose Bierce, la forma más aceptada de hipocresía.

Escribiendo otra vez... y para variar, indignado.

http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2009/07/01/sexualidad-y-anticoncepcion-co.asp

Debo confesar que no me convence del todo que el referido fármaco no se abortivo. En virtud de lo mismo, bajo un criterio personal y en lo absoluto un concepto científico es que no estoy de acuerdo con su uso, no obstante lo cual reconozco que existen ciertas situaciones de emergencia bajo las cuales estoy dispuesto a ceder en mi postura (nadie debería verse forzado a dar a luz un hijo-hermano, por ejemplo).

Jurídicamente hablando, al existir la posibilidad de que sea abortivo, soy de la firme creencia que su distribución debería estar prohibida, tanto a nivel de repartición gratuita como de adquisición particular.

Sin embargo, no es ese el tema que me interesa en ésta discusión. Lo que verdaderamente me fascina es que sigan (¿sigamos?) enfrascados en una discusión absolutamente estéril, a saber, el si el sexo es o no inmoral, lo que depende de quien se esté pronunciando en el minuto. Es un auténtico absurdo.

Para los católicos más recalcitrantes (bueno, ampliemos el término a cristianos en general) el sexo desvinculado de la reproducción es una práctica inmoral. Vaya uno a saber por qué. Favorece la promiscuidad, dicen. La verdad es que no es así. El sexo será un fin en sí mismo únicamente para los promiscuos. Quienes por cierto, desde su punto de vista, no están haciendo nada malo. En la medida que una persona comparte su cuerpo con otra en forma responsable (y desinteresada, no estamos hablando de remuneraciones por servicios), ¿puede tachársele de promiscuo? No estamos hablando de niños de 13 o 14 años, estamos hablando de gente adulta. Ciertamente, existe un alarmante número de casos de embarazo adolescente. En dichos casos podríamos hablar de promiscuidad, entendido el vocablo bajo la primera acepción. Estos niños no saben lo que están haciendo, luego no pueden ser responsables. Si no se les educa adecuadamente - si no se les informa, si no se les enseña de procesos reproductivos, de anticoncepción - no podrá siquiera pretenderse que sean responsables en materia sexual. Mundo en el que ciertamente ingresarán más tarde o más temprano. Ojalá fuera más tarde que temprano, por un tema de responsabilidad y madurez. Pero de ahí a exigir la absoluta abstinencia salvo con fines reproductivoshay un mundo de distancia y es simplemente un absurdo, por cuanto es una pretención que se divorcia completamente de la realidad. ¿Por qué la fe ciega? ¿Por qué les cuesta tanto a los creyentes recalcitrantes vivir con los pies en la tierra? Pero por sobre todo, ¿por qué demonios se meten en lo que hacen los demás y se sienten con el derecho de ir por ahí juzgando y diciendo "ésto está bien, ésto está mal, tú te vas al cielo, tú ardes el resto de la eternidad en donde sea que vayan a dar los de tu calaña?".

Me deja sin aliento ver gente que no duda ni razona. Es el mayor desperdicio de inteligencia que pueda haber. Está muy bien tener convicciones, pero está aún mejor ser capaz de dudar de ellas. Está muy bien tener creencias férreas, pero es todavía mejor ser capaz de mantenerlas tras contrastarlas con la realidad y aprender a vivir con el contraste en lugar de intentar remodelar la realidad para que se adapte a las propias creencias.

La realidad es la siguiente: las personas seguirán teniendo relaciones sexuales sin fines reproductivos, y eso no es inherentemente malo. El impulso sexual en el ser humano NO es exclusivo del periodo en que las mujeres se encuentran en la etapa fértil de nuestro ciclo reproductivo. Luego, el acto sexual no puede tener un mero fin reproductivo. Una relación de pareja sin una vida sexual se deteriora rápidamente. Cualquiera que haya visto a una pareja pasar por una situación así lo sabe. Más lo saben aquellos que lo hayan vivido. ¿Y pretenden que el acto sexual se produzca únicamente con fines reproductivos? Luego, si una pareja lleva 30 años de matrimonio, deberá tener, no sé, 15 o 20 hijos, asumiendo que tengan relaciones una vez al año? Y notemos que no todas ellas acabarían en embarazo. Es simplemente ridículo.

Lo que de verdad, de verdad me exaspera sobre éstas discusiones es la absoluta falta de transparencia de parte de los religiosos y los llamados hombres de fe. Un parroco indeterminado va por ahí abusando de niños y la Iglesia guarda el más profundo silencio, lo niega y si la evidencia y el escándalo llegan a imposibilitar hacer la vista gorda, dejan de prestar atención al asunto.

Pero vaya Juan Pérez a intentar vivir su vida tranquilo como él estime conveniente, pobre de él, que la venganza del Señor caerá sobre su casa (sí, ese mismo dios rencoroso y vengativo que, desde el nuevo testamento, es piadoso, dado a perdonar y hecho de amor). Me parece que no resiste mayor análisis.

Y la hipocresía. O, la hipocresía. En mi experiencia personal, 9 de cada 10 personas que van a misa todos los domingos viven su vida a su pinta, se llenan la boca con que son cristianos ortodoxos y sin embargo van por ahí haciendo lo que les viene en gana. Pero vaya uno a decirles que lo que están haciendo es contrario a las disposiciones de la biblia/torá/corán. Encontrarán cualquier argumento para validarse, por más absurdo que sea y en último de los casos, se escudarán en que son imperfectos y aquí no ha pasado nada. Es trágico y cómico a la vez, si uno tiene un sentido del humor lo suficientemente oscuro para poder apreciar ese tipo de situaciones y reírse de ellas. La gente da para todo. Y por lo mismo, es fascinante.

Pero en síntesis, por favor, lo siguiente:

1.- Vivimos en un Estado laico. Sres. Iglesia de Turno, métanse en sus propios asuntos y absténganse de pronunciarse sobre materias de discusión políticas, salvo a sus propios fieles. Me parece de muy, muy mal gusto que hagan llamados a las autoridades para que se pronuncien de acuerdo a sus propios criterios, dado que es una forma de coerción (porque no faltará el político superticioso que, creyendo que la mejor opción es A votará B, porque la Santa Madre lo mandará a arder hasta el fin de los tiempos si llega a votar de otra forma).

2.- Basta de imponer creencias y juzgar al prójimo. Cada persona tiene derecho a creer lo que se le venga en gana y vivir en consecuencia, toda vez que ello no devenga en una conducta ilícita. Luego, nada de tirarle piedras a los curas ni sus fieles por sus ideas, y éstos a su vez nada de mandar a la gente al infierno por no compartir las directrices que haya impartido un Dios en que no creen. O en el que creen, simplemente que no de la misma forma, y la verdad es que están tan en lo cierto como el más erudito teólogo, pues nada, NADA sabemos de Dios alguno a ciencia cierta. Y estoy partiendo del postulado de que existe un Dios, cosa que podría perfectamente no ser así (y ésta es la parte en que los párpados de los cruzados y predicadores empiezan a tiritar).

3.- Ante la posibilidad de que la condenada PDD sea abortiva, debe prohibirse su distribución. Punto. Una vez que se haya demostrado, si acaso llega a demostrarse, que no sea abortiva, entonces podrá circular libremente, y si el gobierno de turno quiere salir a repartirla a las calles en camiones, allá ellos. Será asunto de quien quiera consumirla, y allá ellos.

4.- Educación, educación, educación. "El sexo es malo, hágalo sólo para tener hijos" es una estupidez de porte de la cordillera (de Los Andes). "El sexo sin protección puede acarrear horribles consecuencias en la forma de enfermedades de transmisión sexual - acompañamos esta línea con fotos capaces de traumar a un médico forense - además de producir embarazos, con lo que traerás al mundo hijos que NO puedes mantener dado que no trabajas aún, etc." eso es un comienzo. Y sólo un comienzo. Hay mucho que hacer en esa área.

5.- Si usted en su condenada vida ha tenido una pareja, no venga a enseñarle al de al lado como llevar sus relaciones de pareja ni qué hacer o no hacer en ellas. Sabe más que usted. En serio. No me interesa lo que haya leído en su manual de 50.000 páginas. No me interesa lo que diga la "Guía para dirigir la vida de los demás", ni lo que rece el "Do & Do Not". ¿Es usted diseñador de cohetes? ¿No? Entonces no va a ir a decirle al científico de cohetes que ese inyector de combustible de ahí está mal puesto, que la presión en X no es la correcta y que el material escogido para Y no resistirá la temperatura al volver a ingresar a la atmósfera. ¿Verdad? Entonces, ¿por qué diablos le dice a Juan Pérez que ésto o eso está mal? Está tan falto de preparación para ello como lo está para pronunciarse en diseño de cohetes.

Estoy convencido de que se me quedan varias cosas en el tintero, pero por ésta vez es todo cuanto tengo ánimo de escribir.

lunes, septiembre 08, 2008

Somos amigos. ¿Somos amigos?

Sábado en la noche, “carrete” en casa de un amigo, celebraban (no digo celebrábamos porque creo que carezco de la actitud festiva propia de ciertas ocasiones que le hace a uno partícipe de las celebraciones) el cumpleaños de un amigo en casa de otro amigo. Llegué tarde. Para mi sorpresa, el dueño de casa (amigo muy cercano) había salido a comprar, lo que me deja abandonado a la interacción con el resto de las formas de vida presentes. De ordinario, eso no habría sido problema. O por lo menos no uno inabordable. Sin embargo, esta vez no fue sencillo. ¿Por qué iba a serlo, pudiendo ser complicado?

Estaba presente el cumpleañero. Ok, también es amigo, podemos partir por ahí. Wait. Está dado vuelta. Descartado. ¿Su polola? Jamás hemos hablado mucho, y no parece especialmente capacitada para entablar diálogo en este minuto. Otra vez, descartamos. Sigamos. La hermana del dueño de casa. Nos conocemos de toda la vida. ¿Ha eso contribuido alguna vez a que podamos conversar más de cinco minutos? Nope. Ah, al lado de ella, una cara conocida. Me saluda y me pregunta cómo estoy. Sonrío, intentando recordar el nombre. Sé que la he visto. Sé que la he visto precisamente en esa casa. Es amiga de alguien. ¿Amiga de Jon? ¿De su hermana? ¿De alguien más? Imposible recordar. Ni hablar del nombre. Ambas están al otro lado de la mesa, un rodeo largo lleno de caras desconocidas. Ni hablar, doy un saludo general a dicha área (a saber, la mesa del comedor) y media vuelta. Veamos qué otras alternativas ofrece el lugar.

Living. Más extraños. Ni una sola cara conocida. Claro, son los amigos del festejado. Conozco a ninguno. ¿Saludé ya al festejado? Sí. Entonces, ¿protocolo social respetado? Sí. ¿Es posible salir de ahí sin que nadie llegue a notar jamás mi ausencia, echarme en falta, preguntar por mí o hacer algún comentario del tipo “mala onda Chago, se fue sin despedirse, bla bla”? Sí, y hasta el minuto parece la mejor idea. Entonces, por esos azares de la vida, una cara familiar. Mirándome. No, no es de esas miradas casuales (nada del estilo de “qué lindo él”, o “quién será” ni nada por el estilo. Esas jamás han estado dentro del repertorio de miradas que recibo) sino esas terribles miradas que dicen “hola, cómo estás, ven para acá y saluda”. Alas, all is lost.

Me acerco a saludar. Dado que ya estoy en eso, y la persona parece tan aburrida como yo, me siento a entablar conversación. A los pocos minutos me entero de la imagen que la persona tenía de mí. “Hueón pesado”. En su derecho y en toda regla, lo cierto es que todos sabemos que no proyecto otra imagen. En mi defensa, debo decir que dicha imagen se debe principalmente a que en este país la gente está acostumbrada a que le digan las cosas en base a rodeos, eufemismos y filtradas hasta el cansancio. Molestias que jamás me he tomado, dado que el resultado final acaba teniendo nada que ver con lo que quiero transmitir y afrontémoslo, las personas no son de cristal. No van a romperse porque les digas lo que piensas1. O no deberían. Al menos si desde niños se les hubiera acostumbrado a escuchar las cosas como son y no como deben decirse para que no molesten / duelan / hieran sensibilidades / etc. mi forma de expresarme no sería percibida como pesadez. Pero me estoy desviando del punto.

Pasado un rato llegó Jon (no John) junto con otro amigo más. Salvado, al menos puedo conversar por allá. Voy a omitir todos los detalles insignificantes desde este punto en adelante para llegar a la parte que nos (¿les? ¿me?) interesa. En determinado momento atravieso el living, ahora acondicionado como pista de baile, y horror de horrores, soy interceptado por una fémina, una amiga de Jon y de su hermana, que no haya nada mejor que intentar bailar conmigo. ¿Por qué, Señor, me abandonas? ¿Por qué martirizas a tu siervo? ¿No he sufrido bastante? ¡Hambre, plagas, sequía, fuego lloviendo desde el cielo, conviérteme en estatua de sal, que me coma una ballena (de las que no mastican), llévate a mi primogénito, que la Concertación siga en el gobierno, lo que sea, pero que no me hagan bailar!

Con dificultad controlo mis impulsos primarios, que son tomar a la mujer, hacerla a un lado y salir corriendo. Recuerdo claramente haber pedido auxilio en voz alta. Tal vez demasiado alta. Sobra decir que los amigos nunca están cuando uno los necesita y que nadie salió en mi ayuda2. Reconocí, con dificultad, al pololo de esta joven, a un metro y medio de distancia aproximadamente. En forma amble pero firme la empujé en su dirección, y huí. Podría decir que me retiré de la escena con la frente en alto y paso sereno y cualquier observador casual podría confirmarlo. Sin embargo, la verdad sea dicha, huí. Todo el mundo tiene algo que no puede enfrentar. Superman cae indefenso ante la kriptonita, Batman se va a la cresta cada vez que visita el callejón en que mataron a sus padres, el(los) simbiontes (universo marvel) no soportan los ruidos fuertes o vibraciones en una determinada frecuencia… yo no bailo. Algunos sostienen que es un problema de actitud. No ahondaremos aquí en el por qué de ello, yo simplemente no bailo. Vuelvo a desviarme.

Me senté a la mesa para conversar con un par de amigos, y he aquí que esta mujer se sienta a mi lado y me dice que nos hemos llevado algo mal últimamente pero que eso no tiene por qué seguir pasando porque no tiene sentido echar a perder una amistad de tanto tiempo. Violenta patada a mi fuero interno, una sacudida terrible. Algo anda mal aquí… pero escuché bien. Repasemos mi relación con esta persona.

La conocí cuando la hermana de mi amigo empezó a integrar a sus amigas al grupo de amistades de mi amigo, hará unos diez años fácilmente. Mi contacto con ella siempre ha sido esporádico. Estoy completamente seguro de que no me he sentado a conversar con ella más de diez veces, nunca en forma personal sino siempre dentro de un grupo. No sé nada de ella. Me enteré hace poco de que había estudiado periodismo, precisamente por haber hecho un comentario despectivo acerca de los periodistas (¡ratas!). Dicho de otro modo, hice Chago, y de ahí que nos lleváramos no tan bien. O más bien dicho, que ella me mirara feo, me hablara nada y yo la tratara exactamente igual que como lo había hecho siempre, porque yo no tenía ningún motivo para estar molesto con ella (la unilateralidad de las relaciones interpersonales se extiende a toda la gama de sentimientos y emociones humanas). Lo sorprendente aquí, y fue precisamente lo que me dejó helado, es que esta persona me considerara su amigo. ¿Cómo es eso posible? Jamás hemos hablado nada en profundidad. No conocemos nada el uno del otro. No tengo idea de su trasfondo, de cómo es su familia, quienes son sus amistades, cómo ve el mundo, qué piensa de la vida, nada. Ni sabe ella nada de mí, salvo lo que pueda imaginar en base a lo poco que me ha visto. ¿Y así todo, quiere que no nos llevemos mal porque no tiene sentido echar a perder una amistad de diez años?

De verdad, quedé descolocado. Profundamente descolocado. Diez años, diez, y resulta que hasta ese día no conocía su nombre, simplemente su apodo. Diez años en que una persona aparece dentro de mi vida a intervalos relativamente regulares, y no tengo idea de cómo se llama ni de cómo es. Y lo más sorprendente, esta persona me considera un amigo. ¿El mundo se volvió loco, yo estoy mal o el concepto de amistad ahora abarca una serie de relaciones que uno antes guardaba bajo una etiqueta distinta? Hoy por hoy todo el mundo habla de los demás como amigos. Personas a las que han visto cuatro o cinco veces, a veces hasta una vez, todo eso que antes uno catalogaba como “conocidos” ahora son amigos. Todos tienen un millón de amigos y, supongo, cantan más fuerte. No sé. ¿Cuál es el objeto? Yo entiendo que la amistad implica un grado de cercanía con la persona. Un grado de cercanía importante. Sabes de ella, cómo es, qué piensa, sabes qué esperar de la persona. Si pusieras una foto de la persona en una hoja de papel, su nombre al lado de la foto, y luego te pusieras a escribir, probablemente necesitarías más papel y podrías llenar una carpeta pequeña. Los conocidos son una hoja en blanco, con un par de anécdotas a lo sumo. O quizá varias. Montones de anécdotas, de que los viste aquí y allá, carretearon juntos, etc. ¿Pasaste alguna alegría con ellos? ¿Alguna pena? ¿Son verdaderamente relevantes dentro de tu vida? ¿Hace alguna diferencia que estén o no? ¿Son fácilmente reemplazables? No necesito responder por nadie a estas preguntas. Cada uno conoce la combinación de respuestas que separan a un amigo de un conocido. ¿Por qué se empeña la gente en catalogar a 9 de cada 10 personas que conoce como amigo? No logro comprenderlo. Probablemente no lo haré nunca.

Me provoca sentimientos encontrados el haber sido catalogado de amigo en la situación anteriormente descrita. No sé cómo reaccionar. ¿Debo sentirme bien? ¿Apreciado tal vez? ¿Debo entender que me están tomando el pelo? No, la persona parecía hablar con honestidad, quienes la conocen mejor me dicen que es una muy buena persona, así que sin duda creía en lo que estaba diciendo. Entonces, ¿tengo algún problema? ¿Soy yo el que está mal? Porque compartir dicha postura me parece un imposible. De hecho, me gustaría poder hacerlo. Me encantaría poder decir, “sí, somos amigos, weeeeeeeeeee” y de verdad creerlo3, pero no puedo. Antes tengo que desarrollar una amistad. No es la clase de cosa que se pueda forzar, simplemente pasa. ¿Pienso demasiado las cosas? ¿Pongo muchas trancas a todo? ¿O tal vez se ha degradado mucho un concepto, una institución preciosa y se hace urgente rescatarla?



1 Y si se rompen, algún psicólogo me dará las gracias algún día.

2 Mi venganza será terrible.

3 A ojos cerrados y con convencimiento absoluto, como esas personas que dicen que no existe Dios y que el día que enfrentan un peligro de muerte real le piden que los salve con todas las fuerzas de su alma.

viernes, noviembre 09, 2007

Coraje

Advertencia: el siguiente post puede resultar aburridísimo. Es más, podría aburrir al lector hasta llevarlo a extremos irracionales, como devorar su propio cerebro sólo para librarse de la gigantesca lata que es esta columna. Lea bajo su propio riesgo.
(El autor no se responsabiliza por lesiones que los lectores puedan autoinflingirse, ni indemnizará por concepto de tiempo de vida malgastado inútilmente)
Según el diccionario de la R.A.E. :
Coraje: impetuosa decisión y esfuerzo del ánimo, valor. 2º Irritación, ira.
Valor: 4º Cualidad del ánimo que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y arrostrar los peligros. Usado en sentido peyorativo denota osadía y hasta desvergüenza.
Abordar el coraje como virtud resulta en un primer momento difícil, dado que en principio el coraje no es algo bueno ni malo en si mismo. En este sentido su naturaleza dependerá de a qué causa se encuentre prestando servicio. En esta forma, el coraje es antes una cualidad que una virtud, y pudiendo estar tanto al servicio de causas nobles como innobles parece ser una cualidad neutra que deberá analizarse en forma casuística.
Tanto el más vil de los criminales como el más noble de los héroes pueden ser valientes. Es más, un delincuente malo hasta la médula (recurramos a la figura del villano de opereta) valiente probablemente será peor que uno igualmente malvado pero cobarde. Sus fechorías serán de mayor escala, más dañosas, etc. Y sin embargo el valor o coraje de este individuo parece redimirlo en cierta forma, pese a que aumenta su peligrosidad, porque es bien visto ser valiente. ¿Se puede poner una virtud al servicio de una mala causa? Y de poderse, ¿sigue siendo una virtud? Según Voltaire el coraje no es virtud, sino una cualidad, como he expuesto anteriormente, y en esto no se diferencia de otras cualidades como la inteligencia o la fuerza, que al igual que el coraje son moralmente neutras pues su valoración depende de en qué se las ocupe. Dicho de otro modo, el coraje es – al menos hasta este punto – moralmente neutro.
¿Cuándo es virtuoso el coraje? Alguno podrá sostener que cuando está al servicio de una causa noble, lo cual podría parecer cierto y no tiene por qué no serlo. Sin embargo, como respuesta resulta insuficiente. El coraje podría estar al servicio de una causa noble y no por ello resultar una virtud. Tenemos que atender entonces a las motivaciones de fondo. El coraje interesado (me sacrifico por la causa porque mi sacrificio me abrirá la puerta del cielo) carece de valor moral, y el coraje egoísta es simple egoísmo. Desde un punto de vista moral, el coraje es estimable como positivo cuando hablamos de riesgos enfrentados sin motivaciones egoístas. Tiene entonces que encontrarse al servicio de un tercero, escapando al interés egoísta inmediato. Sirve de ejemplo el caso del sujeto que se encuentra caminando por la calle y presencia un asalto a alguna otra persona y corre a socorrerla, sin segundas consideraciones ni con la esperanza de recompensa alguna; lo hace simplemente porque la víctima necesita ayuda. Aquí cualquiera podría señalar que podría tratarse de egoísmo y por ello no de una acción virtuosa ni moralmente correcta, pues si bien no parece haber recompensa alguna el “héroe” en cuestión podría estar pensando en la gratificación moral que vendrá después, por lo que en realidad está pensando en su posterior felicidad. “Sí, ayudé a alguien, soy un buen tipo, estoy orgulloso de mi mismo.” Lo que no es malo. Sin ir más lejos, la R.A.E. define altruismo como “diligencia en procurar el bien ajeno aún a costa del propio.” Si ello provoca cierta satisfacción al altruista, o aún mejor, auténtico placer, pues fantástico, y no por ello lo hace menos altruista.
Kant sostenía que el amor a uno mismo, sin ser siempre culpable, es fuente de todo mal. Como simple opuesto uno podría sostener que el amor al prójimo sería entonces la fuente del bien. Claro, eso crea un distanciamiento enorme entre un amor y otro y hace parecer al primero como algo malo u egoísta, pero no es el caso. Sólo se puede amar a otra persona en la medida que uno se ama a si mismo. Hay quienes sostienen que aún el amor es egoísta y quien sabe, tal vez lo sea. Pero el amor desinteresado pasa a ser – cuando es verdadero – altruista.
Volviendo con el coraje, este sería una virtud en la medida que se encontrara al servicio de una causa generosa y en beneficio de terceros. Como rasgo del carácter, la escasa sensibilidad al miedo o el soportarlo bien. Yo me inclino más por esto último. Desde mi punto de vista, valiente no es aquél que es inmune al miedo o simplemente se asusta muy poco. Valiente es aquél que no se permite verse paralizado por sus temores e inseguridades y a pesar de ellos actúa, y aún más, lucha por conquistarlos. De esto sigue desprendiéndose que el coraje es, al menos en este caso, una cualidad neutra pues puede que beneficie únicamente a la persona que lo siente y por ello carece de valoración moral. Un delincuente requiere de valor para dar un gran golpe puesto que hay riesgos asociados, y no por ello el coraje o valor pasa a ser una cualidad moralmente apreciable.
Para encontrarnos frente a una virtud el coraje deberá suponer alguna forma de altruismo, desinterés o generosidad, y si hay miedo de por medio, tendrá que haber la suficiente fuerza de espíritu para sobreponerse a él. Así el coraje sería pilar de las demás virtudes, lo mismo que la prudencia. Sin el coraje para hacer lo correcto cuando ello resulta difícil de buenas a primeras, las demás virtudes simplemente se desmoronan. Sin la prudencia para guiarlas, las demás virtudes jamás cumplirían sus propósitos. Un sujeto que no es prudente ni valiente no sabría de qué medios valerse para alcanzar un determinado fin o realizar una acción, ni sería capaz de reunir el coraje suficiente para concretar dicha empresa.
Según Santo Tomás el coraje es condición de toda virtud frente al peligro. Es así que las demás virtudes se apoyan en él y giran en base a éste, lo que lo hace una virtud cardinal y general. Aristóteles sostiene que toda virtud requiere actuar de manera firme e inquebrantable. Este sería el coraje general. Coraje en sentido estricto es la virtud que permite afrontar los peligros y soportar los trabajos (Cicerón). El coraje es opuesto a la cobardía, pero además a la pereza y la apatía. De este modo el coraje no solo faculta para vencer al miedo, sino también para sobrellevar las demás amarguras de la vida, como pueden ser la pérdida de seres queridos y el trabajo, entendido este último como una carga antes que una actividad satisfactoria. En este caso el coraje se entendería como esfuerzo, y nos permitiría resistir el impulso – del que todos hemos sido víctima – de dejar de lado el trabajo y refugiarnos en la búsqueda del placer, la recreación o simplemente mirar el techo. Siendo la virtud esfuerzo – nunca son fáciles de seguir o aplicar – entonces la virtud es coraje. De ahí que “cobarde” se tenga por el peor de los insultos, no porque lo peor del hombre sea la cobardía sino porque siendo el coraje el pilar de las demás virtudes, sin él se encontraría uno privado de todas las demás, carente de toda virtud, víctima de los propios impulsos – racionales o no – y sin la capacidad de resistir a los demás.
Platón sostuvo que el coraje es la “ciencia de las cosas temibles y de las que no lo son”, o al menos “la salvaguardia constante de una opinión recta y legítimamente acreditada sobre las cosas que son o no temibles.” Ninguno de los dos conceptos o definiciones me convence en lo absoluto. Omiten el hecho que el coraje supone miedo. El miedo, sea racional, justificado o simplemente irracional es una cuestión que se impone sobre uno. Los temores pueden disiparse, sí. La ciencia, dando certezas (y se sostiene que también la filosofía) disipa el objeto de los miedos. En esto es distinta del coraje. El coraje no hace desaparecer al miedo, simplemente te hace capaz de enfrentarlo y superarlo. Para esto, el miedo tiene que existir. Si tienes la certeza de que, por ejemplo, no hay nada en la oscuridad, que esta es simple ausencia de luz, no hay ninguna necesidad de ser valiente. Sabes que ahí no hay nada. Se necesita coraje cuando las certezas, sean científicas, filosóficas o religiosas, fallan o resultan insuficientes. El saber disipa los objetos del miedo, o cuando menos les resta peso, pero no por ello da coraje. El coraje no es un saber ni una opinión, es un acto. La razón puede dictar qué es lo que hay que hacer, qué es lo correcto, pero en ningún caso da la fuerza para hacerlo. Se da el ejemplo aquí del sujeto que es sometido a tortura para extraerle información. El tipo sabe que no debe hablar. De ahí a que sea capaz de resistir la tortura y evitar hablar hay un trecho bastante largo. Y aunque este sujeto en particular fuera capaz de hacerlo, nada garantiza que un segundo individuo pueda hacerlo también, por mucho que sepa que no debe hablar. Misma razón, distinta voluntad. Aquí voluntad es coraje, puntualmente una manifestación de aquél.
La razón es siempre general, mientras que el coraje es particular. El coraje nos permite enfrentar la verdad, por incómoda o amarga que ésta pueda ser. Todos nos hemos engañado a nosotros mismos alguna vez, porque resulta más cómodo o menos doloroso. El coraje intelectual es la capacidad de rechazar esas cómodas mentiras o ilusiones y enfrentar la verdad, lo que se llama lucidez. El coraje sólo tiene sentido aquí y ahora, frente a los miedos inminentes, y esto porque somos vulnerables y finitos. El coraje no reside en la razón ni en las certezas, sino en la voluntad.
Podría pensarse que el coraje existe sólo en un primer minuto, a la hora de atreverse a realizar algo. Pero al igual que el presente, que no es sino un continuo permanente, el coraje se renueva constantemente. Se necesita coraje para empezar una tarea ardua y larga, pero también para no abandonarla y terminarla. A lo largo de todo ese proceso habrá que reunir coraje a través de fuerza de voluntad una y otra vez.
El coraje se manifiesta en distintas formas, y con distinta intensidad. Dado que el miedo paraliza (imaginen un conejo que es sorprendido por algún depredador) toda acción, aún emprender la huída, es coraje. El esfuerzo por hacer las cosas bien o simplemente por mantenerse alegre ante la vida a pesar de los obstáculos que esta pueda presentar ya es coraje.
Al igual que las demás virtudes, el coraje solo existe en presente. El haber tenido coraje en el pasado no es garantía de que se lo volverá a tener en el futuro. Tampoco tiene mucho sentido querer ser valiente en el futuro, pues esta valentía no se comprobará hasta que uno se encuentre plantando cara a un problema o amenaza. El haber tenido la intención de ser valiente el día que uno se enfrentara a ella no era sino una expectativa, un deseo, tal vez un sueño. El si se vuelve o no real se verá cuando el sujeto se encuentre efectivamente enfrentado al riesgo. Se es valiente sobre la marcha, no cuando se trata de enfrentar cosas que ya no existen (pasado) o amenazas que aún no se concretan (futuro). Ahora bien, el tema del coraje necesario en el pasado, o para situaciones pasadas, merece comentario. Una situación bien puede prolongarse en el tiempo, y con ello hacerse necesario un coraje constante para lidiar con ella. Es el caso de esos dolores que se mantienen en el tiempo, como la pérdida de los seres queridos. Supongamos el caso de un padre (o madre para quienes pudieran padecer de alguna sensibilidad herida) que ha perdido un hijo. Está el dolor del momento, sí. Pero ese hecho en sí constituye una sombra que le acompañará de por vida, y tendrá que soportarlo siempre. Y para soportar ese dolor a lo largo del tiempo, necesitará el mismo coraje que necesitó en un principio, si acaso no más. Una muerte es algo que se lamenta tremendamente en el minuto, pero que se siente aún más cuando seis días después te encuentras sólo en casa y entiendes que alguien ya no está, y que simplemente no volverá a estar. Cuando el sufrimiento es peor que el miedo, cada vez se requiere más coraje para soportarlo.
¿Qué se requiere para ser valiente? La respuesta es redundante, pero basta con serlo.
Existe algo llamado “coraje de la desesperación”, que sería un fenómeno que se produce cuando una persona ya no tiene nada que perder. Esta forma de coraje aparece sólo cuando se ha renunciado a toda esperanza. Un verdadero héroe no sólo puede hacer frente al riesgo, sino también a la certeza de la muerte e incluso más, a la certeza de la derrota absoluta. Un soldado en un campo de batalla puede ser consciente de que su regimiento está perdido, de que por mucho que defienda su posición no hará ninguna diferencia, de que huir es inútil y de que, aunque se ponga en pié y luche hasta su final, ninguna canción recordará su nombre, ninguna estatua conmemorará si hazaña. Sus enemigos lo aplastarán a él y a los suyos, y como son los vencedores quienes escriben la historia, de él y de su gente tal vez no quede ni el recuerdo. Entonces, ¿por qué perseverar? Porque se debe. Sea por un fuerte sentido del deber, o porque no hacerlo sería indigno. O quizá por la simple belleza del gesto. Aristóteles decía que “las personas en verdad valientes sólo actúan por la belleza del acto valeroso, por amor al bien o impulsados por el sentimiento del honor”. Los invito a pensar en la batalla de las Termópilas. También sostiene que la modalidad más elevada del coraje es el coraje sin esperanza. Cuando no se espera nada – ni aún sobrevivir – no se teme nada. Todo el coraje del que pueda hacer acopio una persona queda reunido en forma inmediata y absolutamente disponible. Es un hecho que el coraje no es exclusivo de los optimistas. Es indudablemente más sencillo emprender una tarea o perseverar en ella cuando hay esperanzas puestas en que es concretable, que se la puede llevar a buen término, convertir en un triunfo. Y en realidad, entre más certeza haya sobre esto, o más simple sea la tarea, menos necesidad hay de coraje.
Finalmente, y volviendo con Aristóteles, hay que señalar que el coraje no carece de mesura, y también es esta mesura lo que lo transforma en virtud. Los riesgos asociados a un determinado fin deben siempre evaluarse. Es distinto arriesgar la vida por una causa noble que hacerlo por una estupidez, como jugar a la ruleta rusa. Esto último no es valentía, es temeridad. Así el coraje se mantiene en un punto equidistante de dos extremos, a saber la cobardía y la temeridad. El cobarde está demasiado sometido a sus miedos y el temerario o bien se despreocupa por completo de su vida o del peligro, por lo ninguno de los dos puede ser en verdad (virtuosamente) valiente. Un hombre se muestra virtuoso cuando sabe cuándo enfrentar un peligro y cuándo huir de él, en la medida que toma esas decisiones con la misma fuerza de espíritu.
Un último comentario es que el coraje depende del azar, que es más fuerte que él, y le está sometido. Todo hombre puede verse enfrentado a algo que no podrá soportar y que se vea enfrentado o no a ello antes del fin de sus días es cuestión de suerte. Probablemente, mala suerte.

Etiquetas:

lunes, septiembre 10, 2007

Sueños raros.

Nunca he sido de soñar mucho. O al menos no recuerdo lo que sueño, por lo menos no muy seguido. Cuando lo hago, o bien son cosas bastante impresionantes o auténticamente horribles. O simplemente muy raras. Anoche tuve uno de esos sueños. Estaba en un sitio en el que no he estado en años, dentro de un dormitorio ordenando algunas cosas y de pronto entraron por la puerta tres perros pequeños, no más grandes que un bull terrier (bastante parecidos a esos bichos), de patas cortas, y saltaron sobre mí. Lo raro no es que hayan estado perfectamente coordinados a la hora de saltar para caerme encima y morder en forma organizada. Tampoco el que, una vez haya tenido a las tres alimañas colgando del brazo, haya estado más preocupado de conseguir que me soltaran que del hecho de que me estuvieran mordiendo. Me parece que ni siquiera pesaban. Ni siquiera me sorprende que el que hayan entrado en la habitación pateando la puerta exactamente como lo habría hecho un equipo SWAT. Lo que de verdad me descoloca es que eran ninjas. Sí, perros ninja. Eso no tiene sentido.

lunes, septiembre 03, 2007

“Ahora vamos a ver cómo atrapar BALAS con los dientes.”

“Ah, ahora tengo su atención”, dijo sifu hace muchos años. Yo estaba conversando con un compañero en clases mientras él intentaba explicar algo, y no había forma de que pusiéramos atención. Esa línea funcionó muy bien, y sin duda ha de haber funcionado bien ahora. Espero. Si no, que los parta un rayo.
Evidentemente no voy a explicar la teoría de cómo atrapar balas con los dientes, primero porque no conozco ninguna, segundo porque no lo creo posible, y tercero, porque no faltaría el tonto que lo intentara en casa. De lo que quiero hablar en forma breve es de la marcha no autorizada de la CUT del 29 del mes pasado (Agosto de 2007) y del senador Navarro. Voy incluso a dejar de lado el hecho de que se trata de un miembro del PS marchando en primera fila en una marcha contra la administración, que no es otra cosa que el gobierno, del que oh sorpresa, el PS es miembro. Incluso ese sin sentido pasa a ser secundario frente al tema que, lo digo con total honestidad, me inquieta, preocupa y asusta un poco. ¿Por qué? Bueno, porque hubo conflicto con la fuerza pública, y el sujeto resultó herido.

Muy bien, sé que no estoy engañando a nadie, todos saben que me importa un comino que haya resultado herido, pero sigan leyendo.
Quisiera, lector, que le dieras una mirada al Art. 60 de nuestra Constitución. Puntualmente a los incisos cuarto y quinto. Doy por sentado que más de uno no tiene la Constitución y que o bien no sabe manejarse en la página web de la biblioteca de nuestro Congreso Nacional (
www.bcn.cl) o bien es demasiado perezoso como para hacerlo (seamos serios, es a prueba de tontos), así que me tomo la libertad – léase molestia – de reproducirlo aquí, destacando en cursiva los elementos que me parecen clave:
“Cesará en su cargo el diputado o senador que ejercite cualquier influencia ante las autoridades administrativas o judiciales a favor o representación del empleador o de los trabajadores e negociaciones o conflictos laborales, sean del sector público o privado, o que intervengan en ellos ante cualquiera de las partes. Igual sanción se aplicará al parlamentario que actúe o intervenga en actividades estudiantiles, cualquiera sea la rama de la enseñanza, con el objeto de atentar contra su normal desenvolvimiento.
Sin perjuicio de lo dispuesto en el inciso séptimo del número 15º del artículo 19, cesará, asimismo, en sus funciones el diputado o senador que de palabra o por escrito incite a la alteración del orden público o propicie el cambio de orden jurídico institucional por medios distintos de los que establece esta Constitución, o que comprometa gravemente la seguridad o el honor de la Nación.”
Bien pues, empecemos. Participar en una marcha – no autorizada – de la CUT (central unitaria de trabajadores, en el remoto caso de que alguien lo ignore) me parece, en mi humilde ignorancia, que podría perfectamente caber dentro del supuesto del inciso cuarto. Puntualmente como conflicto, dado que no se trataba de una negociación. Después de todo, sin conflictos no hay marchas de protesta, ¿no? Así que estaría interviniendo ante una de las partes, puntualmente los trabajadores. Pasemos al inciso quinto. Navarro estaba en una manifestación, a la cabeza de una marcha. Me parece que es razonable dudar que haya marchado en silencio, más si destacamos que llevaba una multitud de gente detrás y que la gente se identifica con el sentir de la multitud en este tipo de manifestaciones. Puede que en algún esfuerzo sobrehumano haya marchado callado, pero lo veo improbable. Así que perfectamente podríamos sostener que habría instado a la alteración del orden público, de palabra, al ir marchando a la cabeza de una protesta, muy posiblemente instándola a marchar o alentándola de alguna manera.
Si alguien se tomara la molestia de acusar esto y entablar el proceso pertinente, el Sr. Navarro debería cesar inmediatamente en su cargo como senador. Sin embargo, mucho me temo que en lugar de ello esto se pase por alto, se le baje el perfil, Navarro siga como senador en actitud de “aquí no ha pasado nada” y, si se identifica al funcionario que lo agredió – no les quepa la menor duda de que lo agredió “sin motivo, haciendo abuso de la fuerza, sin que mediara provocación” y todas las patrañas de rigor – se le dé de baja. Si no se le identifica, el que saldrá de la institución será el oficial a cargo.
No sé por qué me tomo la molestia de escribir todo esto. Es decir, es simplemente una violación más al estado de derecho, nada del otro mundo. Creo. No tengo como saber qué opina el común de los mortales, tal vez no sea algo tan terrible. Indudablemente hay cosas peores.
Aquí viene lo que de verdad me molesta: tal vez sea mejor así.
Por favor, bajen las antorchas, hoces, guadañas, rastrillos y chuzos. La afirmación que acabo de escribir, en principio aberrante, tiene razón de ser, no es meramente arbitraria. Verán, en un momento como el que estamos pasando como país, en que tenemos un gobierno que no ha sido todo lo competente que nos gustaría (sí, fui excesivamente amable con ese comentario, pero de eso se trata), donde tenemos un proyecto fiasco como es el TranSantiago - que pagan los impuestos de todo el país, así que por favor gentes de Santiago, no crean ser los únicos afectados – problemas limítrofes con nuestros vecinos (un polvorín al que sólo le falta la chispa, que probablemente va a ser un viejo de 70 años con un bote y una red) y una sensación general de desgobierno, lo peor que podemos hacer es echarle más agua al vaso. Cuando uno percibe desgobierno desde arriba, inmediatamente eso cae como una cascada hacia abajo, empapándolo todo. Ahí es cuando las cosas se salen de control. Y observemos que se trata de una simple cuestión de percepciones. Veamos el tema de la delincuencia. Los niveles de delincuencia, si bien no son despreciables, no se condicen con la sensación general de inseguridad. ¿Por qué? Porque, al ver la prensa, nos topamos con que se destina especial atención a todo lo que es delito. Entre más atroz, mejor. Y así es como se fomenta el miedo. Y no es que se haga por maldad, simplemente se hace porque es negocio. El TranSantiago ha sido un desastre, y no se ha hecho nada por dejar de apedrearlo a nivel de prensa porque eso vende. En general, somos un país muy, muy bueno para quejarnos. Por lo mismo es que basta con dar motivos de queja para vender, y se forma un círculo vicioso entre el material que puede considerarse rayano en lo morboso, la inseguridad y el descontento.
Así pues, llamo a la calma. Al menos por un tiempo. No crean todo lo que leen, especialmente en cuanto a índices de delincuencia (y desempleo, y crecimiento) y a dejar pasar ciertas cosas cuando ello deviene en un bien mayor. Cuando los problemas mayores estén resueltos, podemos dedicarnos a apedrear a los problemas menores. O a los que los causan. Pero que no se les olvide esta infracción al estado de derecho, porque nos guste o no, es todo lo que tenemos. Si desaparece el estado de derecho todo se va al diablo y se impone la ley del más fuerte (o acaudalado, que para el caso es lo mismo) y lo mismo da irse a vivir a una cueva, donde el vecino no represente una amenaza. Una sociedad sin reglas es insufrible y no se puede tolerar que los mismos miembros del Gobierno sean quienes las trasgredan. Así que, si bien por esta vez podemos permitirnos cierta indulgencia en este caso particular, hay que estar atentos de que no vuelva a repetirse. Mal que mal, si no es uno quién patalea, ¿quién va a hacerlo? Así que guarden las antorchas, hoces, guadañas, rastrillos y chuzos, por ahora. Puede que un día hagan falta.
Y el día que hagan falta, limítense a pasear en círculos con ellos, donde y cuando les hayan dado permiso, sin quemar nada y como una buena turba de campesinos enardecidos civilizados. Si de verdad aspiramos a ser país desarrollado, comportémonos como tal.

viernes, agosto 31, 2007

Incompatibilidad

Tengo listo un breve escrito para publicar aquí. De hecho, debería estar traspasándolo en éste minuto. ¿Por qué es que no lo estoy haciendo? Simplísimo. Hace cosa de dos días instalé Office 2007. Muy bonito, en serio. Da gusto usarlo. La única traba está en que el formato que ocupa es .DOCX, que no lee ninguna otra versión de Office. Así que ahí está el documento, sentado en el pendrive esperando pacientemente a que lo copie aquí. El día que sea capaz de abrirlo, claro. Tal vez mañana. O quizá pasado. Agh.