Chago's Corner

Francamente, no se me ocurre una descripción adecuada. ¿Y a ustedes?

Nombre: Unknown

jueves, marzo 29, 2007

Rodeado de idiotas.

Un suceso puntual hace unos días agitó el cenagal que son mis recuerdos y provocó que uno de tantos saliera a flote. Uno de esos tantos que prefiero permanezcan sepultados, pues no ayudan, ni enseñan y ciertamente no se aprovechan, pero ojo, sí reviven el mal rato.
Hará un año y poco atrás, una mañana de verano, me encontraba de pié frente a un kiosco leyendo los titulares de los diarios en busca de algo que pudiera llamar mi atención. El lector promedio no entenderá la anomalía aquí expuesta, así que me dignaré explicar. Nada hay de extraordinario en que me detenga religiosamente a diario a contemplar diarios y periódicos. Lo que resulta insólito – y quizá aterrador para los pocos que pueden jactarse de conocerme – es que haya sido una mañana de verano. Seamos serios, en mi horario de verano las mañanas empiezan comprando el pan a las 5:30 am para el desayuno, que se ha transformado en algo así como una segunda cena muy tardía, y son señal de que es hora de irse a dormir. Así que, ¿Qué hacía ahí a media mañana, 10am, en mitad de enero? Lo único que podía hacer. Estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado.
Calma, calma. No hubo tiroteos, ni exploto una cañería de gas, ni hubo un ataque con armas químicas, ni pasaron desfilando ancianos nudistas con sobrepeso. No por ello la experiencia fue menos desagradable.
Terminada mi lectura, di un paso atrás para luego voltearme y seguir mi camino. Un sólo paso. Paso que sería fatal. 
Resulta que apenas retrocedí un poco di con alguien. Mientras volteaba, me apresuré a decir “Disculpe, no fue a propósito”. Termino de girar y me encuentro a un sujeto de edad avanzada, muletas, cara de pocos amigos y actitud abiertamente hostil. No hay que ser un genio para entender que se había sentido pasado a llevar y ofendido. Fuere porque soy un canalla que no respeta a un minusválido, o porque de verdad le molestó que lo pasara a llevar, o qué se yo. Rápidamente me disculpé de nuevo, una disculpa sentida. En verdad, hasta ese minuto, me sentía genuinamente mal, tonto y torpe. ¿Golpear a un sujeto de edad avanzada – no aún anciano – con muletas simplemente porque no me fijo por dónde camino? ¡Pude haberlo lanzado a tierra! ¡Cómo puedo ser tan torpe!
La respuesta no sé hizo esperar. “¡Nononono (sin separación) pase, pase! ¡Vamos, pase de una vez! ¿No iba tan apurado?” Mis disculpas cayeron en oídos sordos. Intenté disculparme una vez más, pues genuinamente lo sentía, pero fui interrumpido apenas abrí la boca. Más insistencias, en un tono insoportable de voz, cargado de molestia y reproche, de un cierto orgullo ofendido, instándome a seguir con mi camino y dejar de molestar. Para salir del paso, cerré la boca y seguí con mi camino, aún sintiéndome mal y haciéndome una serie de cuestionamientos. De haber chocado con otra persona, también me habría disculpado. La cosa podría haber terminado ahí, tomado otro rumbo o permanecido igual. Pero de haber sido un sujeto en plenas condiciones físicas, jamás le habría admitido el hablarme en esa forma. Primero le habría llamado la atención y puesto en su lugar, y de no haber entendido por las buenas la cosa se habría puesto fea. ¿Por qué se lo aguanté a este sujeto? ¿Fue acaso el plano de desigualdad? Y de ser así, ¿esa presunta minusvalidez lo faculta para tratarme de cualquier manera?
Saltamos al pasado inmediato, viernes de la semana pasada. Salgo apurado a la universidad, tengo una clase en una media hora. Alcanzo a llegar, si me apresuro. La calle está atestada de gente y como de costumbre, el puente Villanelo es como un hormiguero, una enorme línea de hormigas – peatones que avanzan mecánicamente hacia sus destinos. La persona que va delante de mí, una mujer de mediana edad, lleva un ritmo constante, ni por asomo cercano al mío, pero al menos no parece que vaya a resultarme un estorbo. Mis ideas saltan rápidamente a otra parte, y camino en forma mecánica. De pronto me percato de que estoy algunos metros más adelante, la mujer ha quedado atrás y, al parecer, la he pasado a llevar. Le dedico un instante de atención al asunto y reconstruyo los hechos. Se detuvo, seguí avanzando, pasé por su lado y seguí mi camino. Es posible que haya pasado a llevar su bolso, y en consecuencia a ella, mientras pasaba a su lado. Sólo por si acaso, me detengo para disculparme. Y entonces, una vez más, el mismo cuento.
- Casi me bota.
El tono. Hasta aquí, todo bien.
- Sí, me pareció haberla pasado a llevar, le ruego me disculpe.
- Sí porquelomínimoquemedebeesunadisculpa, es educasión, lo enseñanencualquiercolegio… - Respiro. Ahí está nuevamente. El tono. Gente que cree que porque uno se molesta en disculparse, puede tratarlo de cualquier manera. No respira, sólo habla. Una verborrea incesante, la voz cada vez más alta.
- Por favor, cálmese, ya le dije que no fue a propósito, que de verdad lo lamento… - No me está escuchando. No deja de hablar ni de llamarme la atención. En verdad no separa una palabra de otra, no sabe hablar, me sigue levantando el tono de la voz. Los peatones pasan, la gente mira el suelo, los autos tocan las bocinas, voy atrasado, no me gusta que me hablen de esa forma, me estaba disculpando, ¿qué más quiere? Lo único que quería era evitar problemas. Clic. Quito el seguro. Me estoy molestando.
- Baje el tono de la voz, no le permito hablarme de esa forma. Si no quiere una disculpa, muy bien, hasta luego. – Doy media vuelta y sigo mi camino. La mujer apura el paso y se pone a mi lado, sea para recuperar tiempo perdido o porque no entendió el mensaje.
- Blablablablablablabla…
Listo. Me harté.
- ¡POR DIOS SANTO, QUIERE CALLARSE Y DEJARME EN PAZ!
Silencio absoluto. La gente me mira extrañada desde los autos. Los demás peatones no levantan la vista, solo apuran el paso o se quitan de mi camino. La mujer está, al fin, en silencio. Sigo mi camino, furioso, preguntándome qué es lo que impulsa a la gente a portarse como imbéciles cuando alguien de les pide una disculpa sentida, si acaso lo verán como una señal de debilidad que les da derecho a tratarlo a uno de cualquier manera, no sé.
La cuestión es clara. El que inventó los buenos modales evidentemente vivió en tiempos mejores, y de haber vivido en nuestra era jamás habría llegado a los diez años de edad. Si alguien te golpea una mejilla, dale una patada en la cara, es lo único que funciona.