Falla en la comunicación.
Par de semanas atrás...
Amanece. El sol brilla, sus rayos arrojan destellos multicolores sobre el rocío en las hojas y el pasto. Huele a hierba mojada, trinan las aves; gloria del amanecer. La luz vuelve a derrotar a las tinieblas, la vida es buena y comienza un nuevo ciclo.
Por otro lado:
Suena el despertador, interrumpiendo mis escasas horas de sueño. Me incorporo como puedo (no voy a faltar a la verdad diciendo que me levanto de un salto; más bien, me dejo caer) y me dirijo hacia el aparato infernal, invento de algún monstruo que claramente odiaba a la humanidad y era enemigo jurado del Señor y sus hijos, y lo apago con rapidez. Es, tal vez, el único movimiento rápido del que soy capaz antes de ducharme. Me pongo mi roída bata (todos tenemos esa prenda de ropa a la que guardamos cariño y no hemos cambiado en años, muchas veces extendiendo su vida mucho más allá de lo que en realidad podría llamarse “vida útil”) y avanzo tambaleante a encender el calefón, con la misma determinación de aquél que sabe que debe sacrificar la vida por una gran causa, pero que daría lo que fuera porque el destinado a ello fuera cualquiera menos él.
Minutos más tarde (muchos, muchos minutos) estoy duchado, vestido, tal vez desayunado – rara vez recuerdo si he desayunado o no un fin de semana – y voy caminando hacia el terminal de buses. Es sábado y me toca ir a visitar a mi polola a Stgo. Durante el camino al terminal llevo cuenta del IMPC[1] sólo para horrorizarme. Felizmente hoy no es tan alto como otras veces. Puedo escoger entre creer que se debe a que hay más personas trabajando, o que el frío, el hambre y el sistema de salud pública han dado cuenta de algunos de los habituales del centro. Elijo lo primero (contrario a lo que todo el mundo pueda pensar, a veces soy un optimista, pero lo disimulo muy bien).
Llego en una pieza al terminal. He conseguido sobrevivir a todos los increíbles peligros que ello implica, como cruzar la calle y caminar en espacios transitados por otros seres humanos, todos ellos amenazas potenciales (existen la necesidad, madre de todas las herejías; la demencia, madre de muchas puñaladas aleatorias; y la aleatoriedad, que hace que un sujeto indeterminado haga combustión espontánea, corra hacia ti, te pegue fuego y luego salte de un puente) y tras la compra del pasaje puedo por fin emprender el largo camino a casa de mi polola. De todos los asientos disponibles, he escogido el tres, que da directamente a la ventana frontal del bus, pues hoy tengo ganas de ir viendo el paisaje. El día es soleado, el cielo está despejado, ha llovido el día anterior, todo reboza verde.
Enfilo a los andenes, encuentro el bus, subo. Hay una pequeña mujer sentada en mi asiento. Ha de tener unos sesenta y algunos años. Parece percatarse de que la observo y me dirige una mirada. Le sonrío[2].
- Buenos días.
- Éste es mi asiento.
- Me temo que no sea así. Mire, éste es el asiento 3, pasillo, se lee aquí arriba del asiento -
- Yo pedí éste asiento cuando compré el pasaje.
- Ha de haber sido un error del vendedor señora. Por favor, lea aquí, indica claramente que el tres es pasillo -
- Vamos a ver.
La mujer comienza se pone en pié y empieza a descender del bus. Tres o cuatro veces le pido que espere un momento, pero no me escucha. Porque no quiere, está más que claro que no tiene problema alguno de audición. Me digo en voz alta “fantástico”. No me sorprenden la burla y el fastidio en mi voz, pues dados mis ocasionales dotes de vidente[3] sé cómo se van a dar las cosas. Tomo asiento en donde me corresponde, abro un libro y comienzo a leer.
Al cabo de pocas páginas veo pasar algo a mi lado y escucho “Felicitaciones joven”. Volteo. Es la mujer del asiento. Se ha sentado en el asiento 1. Se sabe derrotada, pero no está dispuesta a perder sin antes hacerme pasar un mal rato. Y esto es estúpido, pues si en lugar de haberse puesto en pié me hubiese escuchado cuando iba a decirle “no es necesario que baje a comprobar nada, puede sentarse ahí” nada de esto estaría pasando. Pero esta mujer pretende molestarme y hacerme pasar un mal rato por un error de suyo y por sus problemas de actitud, no los míos, y es sabido de todos que no soy dado a dejar pasar esas cosas con la misma facilidad que ignoro, digamos, una patada en la cara[4].
- ¿Por qué me felicita?
- Porque logró lo que quería, me sacó del asiento.
Ah. Para allá vamos. Que fastidio.
- Pero su tono es absolutamente sarcástico. Si va a felicitarme, felicíteme en serio, de otro modo no tiene sentido.
Vuelvo a mi lectura.
- Me sacó de mi asiento.
- Mi distinguida señora, nada estaba más lejos de -
- Un caballero me habría cedido el asiento.
Como el lector puede observar, la mujer me interrumpe constantemente. Y yo, Señor de los Tontos, llamándola distinguida señora. A lo que conduce la cortesía[5].
- Señora, yo iba a... -
- He viajado todos los fines de semana en ese asiento por años y usted llega y me saca de mi asiento, siendo que he viajado por años en ese asiento -
- ... no quiso escucharme.
- No tengo por qué escucharle porque – mentiría si dijera que comprendí lo que vino después de eso, pues era preciso interrumpir. En este tipo de conversaciones, es imperativo identificar el punto en que uno debe interrumpir. No hacerlo puede traer consecuencias horribles e irreparables, como que la otra persona se sienta a sus anchas para hablar sin parar hasta el fin de los tiempos.
- ¿No le interesa escucharme?
- No me interesa escucharlo -
- Entonces no tenemos nada de qué hablar. Iba a cederle el asiento, pero se fue sin querer escucharme, y ahora que bien pude habérselo cedido de buena gana, ha preferido molestarme que escucharme. Déjeme en paz, no tenemos nada de que hablar.
Vuelvo a mi lectura, con mi mejor cara de “no me hable”. Funciona, pues la mujer me deja en paz, pero voy molesto más de la mitad del camino pues efectivamente pasé un muy mal rato, absolutamente gratuito.
Hay quienes sostienen que la comprensión siempre es posible. Se equivocan. No hay cómo diablos darse a entender con una pared.
Por supuesto, pude haberme sentado en otro asiento al momento en que la mujer bajó del bus, pero me habría incordiado de todos modos. No habría servido de nada. Y admito que en el minuto no se me ocurrió.
¿Se justifica siempre transar, aunque uno tenga la razón? ¿O está bien defender la propia postura, pese a las consecuencias que ello pueda acarrear? Por otro lado, ¿frente a quiénes se puede transar?
[1] Índice de mendicidad por cuadra.
[2] Con la sonrisa amable, esa que uso tarde, mal y nunca. No con la hecha íntegramente de dientes.
[3] Léase: tratar con idiotas en forma reiterada me ha enseñado a predecir el desenlace de éste tipo de situaciones.
[4] ¡Hola Daniel!
[5] Según Amrose Bierce, la forma más aceptada de hipocresía.
Amanece. El sol brilla, sus rayos arrojan destellos multicolores sobre el rocío en las hojas y el pasto. Huele a hierba mojada, trinan las aves; gloria del amanecer. La luz vuelve a derrotar a las tinieblas, la vida es buena y comienza un nuevo ciclo.
Por otro lado:
Suena el despertador, interrumpiendo mis escasas horas de sueño. Me incorporo como puedo (no voy a faltar a la verdad diciendo que me levanto de un salto; más bien, me dejo caer) y me dirijo hacia el aparato infernal, invento de algún monstruo que claramente odiaba a la humanidad y era enemigo jurado del Señor y sus hijos, y lo apago con rapidez. Es, tal vez, el único movimiento rápido del que soy capaz antes de ducharme. Me pongo mi roída bata (todos tenemos esa prenda de ropa a la que guardamos cariño y no hemos cambiado en años, muchas veces extendiendo su vida mucho más allá de lo que en realidad podría llamarse “vida útil”) y avanzo tambaleante a encender el calefón, con la misma determinación de aquél que sabe que debe sacrificar la vida por una gran causa, pero que daría lo que fuera porque el destinado a ello fuera cualquiera menos él.
Minutos más tarde (muchos, muchos minutos) estoy duchado, vestido, tal vez desayunado – rara vez recuerdo si he desayunado o no un fin de semana – y voy caminando hacia el terminal de buses. Es sábado y me toca ir a visitar a mi polola a Stgo. Durante el camino al terminal llevo cuenta del IMPC[1] sólo para horrorizarme. Felizmente hoy no es tan alto como otras veces. Puedo escoger entre creer que se debe a que hay más personas trabajando, o que el frío, el hambre y el sistema de salud pública han dado cuenta de algunos de los habituales del centro. Elijo lo primero (contrario a lo que todo el mundo pueda pensar, a veces soy un optimista, pero lo disimulo muy bien).
Llego en una pieza al terminal. He conseguido sobrevivir a todos los increíbles peligros que ello implica, como cruzar la calle y caminar en espacios transitados por otros seres humanos, todos ellos amenazas potenciales (existen la necesidad, madre de todas las herejías; la demencia, madre de muchas puñaladas aleatorias; y la aleatoriedad, que hace que un sujeto indeterminado haga combustión espontánea, corra hacia ti, te pegue fuego y luego salte de un puente) y tras la compra del pasaje puedo por fin emprender el largo camino a casa de mi polola. De todos los asientos disponibles, he escogido el tres, que da directamente a la ventana frontal del bus, pues hoy tengo ganas de ir viendo el paisaje. El día es soleado, el cielo está despejado, ha llovido el día anterior, todo reboza verde.
Enfilo a los andenes, encuentro el bus, subo. Hay una pequeña mujer sentada en mi asiento. Ha de tener unos sesenta y algunos años. Parece percatarse de que la observo y me dirige una mirada. Le sonrío[2].
- Buenos días.
- Éste es mi asiento.
- Me temo que no sea así. Mire, éste es el asiento 3, pasillo, se lee aquí arriba del asiento -
- Yo pedí éste asiento cuando compré el pasaje.
- Ha de haber sido un error del vendedor señora. Por favor, lea aquí, indica claramente que el tres es pasillo -
- Vamos a ver.
La mujer comienza se pone en pié y empieza a descender del bus. Tres o cuatro veces le pido que espere un momento, pero no me escucha. Porque no quiere, está más que claro que no tiene problema alguno de audición. Me digo en voz alta “fantástico”. No me sorprenden la burla y el fastidio en mi voz, pues dados mis ocasionales dotes de vidente[3] sé cómo se van a dar las cosas. Tomo asiento en donde me corresponde, abro un libro y comienzo a leer.
Al cabo de pocas páginas veo pasar algo a mi lado y escucho “Felicitaciones joven”. Volteo. Es la mujer del asiento. Se ha sentado en el asiento 1. Se sabe derrotada, pero no está dispuesta a perder sin antes hacerme pasar un mal rato. Y esto es estúpido, pues si en lugar de haberse puesto en pié me hubiese escuchado cuando iba a decirle “no es necesario que baje a comprobar nada, puede sentarse ahí” nada de esto estaría pasando. Pero esta mujer pretende molestarme y hacerme pasar un mal rato por un error de suyo y por sus problemas de actitud, no los míos, y es sabido de todos que no soy dado a dejar pasar esas cosas con la misma facilidad que ignoro, digamos, una patada en la cara[4].
- ¿Por qué me felicita?
- Porque logró lo que quería, me sacó del asiento.
Ah. Para allá vamos. Que fastidio.
- Pero su tono es absolutamente sarcástico. Si va a felicitarme, felicíteme en serio, de otro modo no tiene sentido.
Vuelvo a mi lectura.
- Me sacó de mi asiento.
- Mi distinguida señora, nada estaba más lejos de -
- Un caballero me habría cedido el asiento.
Como el lector puede observar, la mujer me interrumpe constantemente. Y yo, Señor de los Tontos, llamándola distinguida señora. A lo que conduce la cortesía[5].
- Señora, yo iba a... -
- He viajado todos los fines de semana en ese asiento por años y usted llega y me saca de mi asiento, siendo que he viajado por años en ese asiento -
- ... no quiso escucharme.
- No tengo por qué escucharle porque – mentiría si dijera que comprendí lo que vino después de eso, pues era preciso interrumpir. En este tipo de conversaciones, es imperativo identificar el punto en que uno debe interrumpir. No hacerlo puede traer consecuencias horribles e irreparables, como que la otra persona se sienta a sus anchas para hablar sin parar hasta el fin de los tiempos.
- ¿No le interesa escucharme?
- No me interesa escucharlo -
- Entonces no tenemos nada de qué hablar. Iba a cederle el asiento, pero se fue sin querer escucharme, y ahora que bien pude habérselo cedido de buena gana, ha preferido molestarme que escucharme. Déjeme en paz, no tenemos nada de que hablar.
Vuelvo a mi lectura, con mi mejor cara de “no me hable”. Funciona, pues la mujer me deja en paz, pero voy molesto más de la mitad del camino pues efectivamente pasé un muy mal rato, absolutamente gratuito.
Hay quienes sostienen que la comprensión siempre es posible. Se equivocan. No hay cómo diablos darse a entender con una pared.
Por supuesto, pude haberme sentado en otro asiento al momento en que la mujer bajó del bus, pero me habría incordiado de todos modos. No habría servido de nada. Y admito que en el minuto no se me ocurrió.
¿Se justifica siempre transar, aunque uno tenga la razón? ¿O está bien defender la propia postura, pese a las consecuencias que ello pueda acarrear? Por otro lado, ¿frente a quiénes se puede transar?
[1] Índice de mendicidad por cuadra.
[2] Con la sonrisa amable, esa que uso tarde, mal y nunca. No con la hecha íntegramente de dientes.
[3] Léase: tratar con idiotas en forma reiterada me ha enseñado a predecir el desenlace de éste tipo de situaciones.
[4] ¡Hola Daniel!
[5] Según Amrose Bierce, la forma más aceptada de hipocresía.
