Chago's Corner

Francamente, no se me ocurre una descripción adecuada. ¿Y a ustedes?

Nombre: Unknown

domingo, octubre 30, 2005

De la pena de muerte.

Ayer tuve ocasión de sostener una interesante conversación sobre este tema. No ahondaré en ella, sino que simplemente daré a conocer un par de opiniones que no dije en su momento.
Pasados ya mis años mozos y siendo algo más reflexivo de lo que fuera antaño, veo el asunto con una cierta madurez de la que antes carecía. Existen ciertas conductas injustificables, como ocurre con el caso de los delitos sexuales, en que acabamos con un sujeto en prisión por - idóneamente - un periodo prolongado de tiempo. El tipo eventualmente saldrá libre, sea por la razón que sea, y las posibilidades de que reincida no son pocas, o al menos eso creo. ¿Por qué mantenerlo encerrado, viviendo a costa de nuestros impuestos, cuando bien podríamos simplemente pegarle un tiro y asunto arreglado? Perfectamente podríamos redestinar esos recursos a la salud pública, que bastante los necesita, o a la educación. Sí, podría dársele muerte a una persona así, lo mismo que a un asesino que acaba con su víctima sin que medie provocación por mero capricho. Dicho todo esto sobre la base de que el imputado es culpable, más allá de toda duda razonable, que ha habido un proceso justo y que el sujeto ejerció su derecho a la defensa.
El problema está en que el proceso es conducido por humanos, y como tal la posibilidad del error existe.
Por un lado, siempre está la posibilidad de quitarle la vida a un sujeto inocente como riesgo inherente a tal condena. Si se demuestra años más tarde que el sujeto que fue muerto por tal condena era inocente, se podrá pagar la correspondiente indemnización, con creces inclusive, pedir disculpas públicas y quizá hasta declarar feriado el día de su muerte, pero eso no lo va a traer de vuelta a la vida. Probablemente ni siquiera deje medianamente conformes a sus familiares y amigos.
Por otro lado, el quitarle la vida a alguien, por más que este "justificado", si acaso existe justificación para tal cosa, es rebajarse al nivel del criminal en cuestión. Matar a alguien nunca es causa de orgullo, bajo ningún punto de vista. Lo único que refleja es que no se consiguió dar con ninguna otra forma de resolver el problema. Y el problema no quedó resuelto. La persona que fue asesinada sigue muerta, la mujer violada sigue habiendo sido violada, etc. El problema sigue ahí.
No tengo ni la más remota sospecha de quién está facultado para decidir quién vive y quién muere. Independientemente de que exista un ordenamiento jurídico que faculta a una persona para aplicar tal sanción, en este caso un juez, el tipo sigue siendo un vil ciudadano de a pié, tan lleno de defectos y virtudes como cualquier otro. Aún habiendo un sistema de jurado, éste también está formado por seres humanos. Con todo lo que ello implica. Son gente que siente miedo, que puede visualizarse a si misma o a sus seres queridos siendo víctimas de alguna atrocidad que consideran que amerita la pena citada, y por simple miedo es bastante posible que se sientan tentados a cortar el problema de raíz. Matamos al origen de la amenaza y punto.
Pero, ¿es el violador o asesino el origen de la amenaza? Darle muerte a uno no va a hacer que dejen de existir. Es más, darle muerte a todos los violadores o asesinos tampoco va a hacerlos desaparecer. En cuestión de tiempo, y sin duda alguna será poco, reaparecerán. Porque siempre han estado ahí, porque está en la jodida naturaleza humana el sentarse en el prójimo en pos de alcanzar la satisfacción del capricho propio. Entiendo que las más de las personas son capaces de controlarlo, pero queda más que claro que no son todas.
Así pues, ¿Qué hacemos? ¿Damos muerte a todos estos criminales? Hace un par de años, habría dicho sí. Hoy creo que no tiene sentido. No tiene sentido porque no soluciona el problema, y porque no te hace distinto de ellos. No tiene sentido porque, si estás sancionando una conducta porque está mal, no puedes aplicar como sanción la misma conducta que estás censurando, o bien otra peor.
Considero este asunto la clase de problema que no tiene una respuesta correcta. Tiene distintas soluciones posibles, sí, pero no por ello una solución correcta. Y ciertamente, el pretender solucionar las cosas dando muerte no puede ser en verdad una solución. He ahí mi humilde opinión al respecto, que no espero nadie comparta, pero agradezco se hayan tomado el tiempo de leer.


sábado, octubre 29, 2005

Listo al fin.

Es la una de la madrugada y por fin he terminado todo lo relativo a amasar, dar forma a la masa, lavar, secar y guardar.
Tengo la triste impresión de que mi espalda nunca volverá a ser la misma.

viernes, octubre 28, 2005

Introducción. O algo por el estilo.

Siempre hay tiempo para leer algo, o al menos eso me gusta pensar. Siempre hay tiempo para escribir una idea o dos, a veces incluso tres. ¿Por qué no hacerlas públicas? A alguien podrían caerle en gracia, mal que mal, siempre hay algo que comentar y todo es en mayor o menor medida risible, es una simple cuestión de enfoque. Veamos qué se da en base a lo que serán una o dos reflexiones sobre temas con sentido, y mil y un razonamientos sobre temas oscuros de conocimiento secreto, reservado sólo para unos pocos escogidos (ñoñerías). Veamos que resulta de todo ello.

Por la boca muere el pez.

Siempre he considerado tal afirmación discutible. Si bien es cierto que por la boca el pez muerde el anzuelo, ese no es más que el principio del fin. Su muerte bien podrá deberse a algún proceso industrial, o tal vez a procesos más artesanales, como el decapitamiento, ser azotado hasta la muerte, atravesado por un palo o simple asfixia. Es más, un pez bien puede ser atrapado sin siquiera recurrir a un anzuelo, baste mencionar los habituales ejemplos de la red de pesca y la lanza o arpón.
Pero no es de peces de lo que iba a hablar, sino de mi gran bocota. O más bien, ocasional conducta irreflexiva. Ayer por la tarde, en el dojo, tuvimos que ponernos de acuerdo para ver quienes aportarían con las colaciones para los niños del proyecto social el día sábado, y no se me ocurrió nada mejor que aportar con empanadas. Bien pude haber comprado una veintena de paquetes de galletas, pero no, yo quería hacer empanadas.
Lo que nos lleva al relleno por excelencia de la empanada, el pino. Y como es sabido por todo el mundo (y quien no lo sepa haga el favor de quitarse la vida), uno de los ingredientes fundamentales del pino es la cebolla. Cebolla. Si hay algo que detesto hacer, porque me hace pedazos los ojos, es picar cebolla.
Y aquí estoy, descansando mis globos oculares ya inyectados en sangre, con siete cebollas más por delante y sólo tres picadas a la fecha, lo que implica que para cuando termine de picar esas jodidas cebollas, regadas con nada menos que gas lacrimógeno militar, porque no resulta creíble que usen algo distinto para cultivarlas, voy a estar llorando como una niña, con los ojos peor de lo que ya están, y maldiciendo como no suelo hacer frecuentemente.
Como no les gusten las empanadas, o me salgan con que no comen empanadas de pino, les doy de patadas. Palabra.