Chago's Corner

Francamente, no se me ocurre una descripción adecuada. ¿Y a ustedes?

Nombre: Unknown

lunes, septiembre 08, 2008

Somos amigos. ¿Somos amigos?

Sábado en la noche, “carrete” en casa de un amigo, celebraban (no digo celebrábamos porque creo que carezco de la actitud festiva propia de ciertas ocasiones que le hace a uno partícipe de las celebraciones) el cumpleaños de un amigo en casa de otro amigo. Llegué tarde. Para mi sorpresa, el dueño de casa (amigo muy cercano) había salido a comprar, lo que me deja abandonado a la interacción con el resto de las formas de vida presentes. De ordinario, eso no habría sido problema. O por lo menos no uno inabordable. Sin embargo, esta vez no fue sencillo. ¿Por qué iba a serlo, pudiendo ser complicado?

Estaba presente el cumpleañero. Ok, también es amigo, podemos partir por ahí. Wait. Está dado vuelta. Descartado. ¿Su polola? Jamás hemos hablado mucho, y no parece especialmente capacitada para entablar diálogo en este minuto. Otra vez, descartamos. Sigamos. La hermana del dueño de casa. Nos conocemos de toda la vida. ¿Ha eso contribuido alguna vez a que podamos conversar más de cinco minutos? Nope. Ah, al lado de ella, una cara conocida. Me saluda y me pregunta cómo estoy. Sonrío, intentando recordar el nombre. Sé que la he visto. Sé que la he visto precisamente en esa casa. Es amiga de alguien. ¿Amiga de Jon? ¿De su hermana? ¿De alguien más? Imposible recordar. Ni hablar del nombre. Ambas están al otro lado de la mesa, un rodeo largo lleno de caras desconocidas. Ni hablar, doy un saludo general a dicha área (a saber, la mesa del comedor) y media vuelta. Veamos qué otras alternativas ofrece el lugar.

Living. Más extraños. Ni una sola cara conocida. Claro, son los amigos del festejado. Conozco a ninguno. ¿Saludé ya al festejado? Sí. Entonces, ¿protocolo social respetado? Sí. ¿Es posible salir de ahí sin que nadie llegue a notar jamás mi ausencia, echarme en falta, preguntar por mí o hacer algún comentario del tipo “mala onda Chago, se fue sin despedirse, bla bla”? Sí, y hasta el minuto parece la mejor idea. Entonces, por esos azares de la vida, una cara familiar. Mirándome. No, no es de esas miradas casuales (nada del estilo de “qué lindo él”, o “quién será” ni nada por el estilo. Esas jamás han estado dentro del repertorio de miradas que recibo) sino esas terribles miradas que dicen “hola, cómo estás, ven para acá y saluda”. Alas, all is lost.

Me acerco a saludar. Dado que ya estoy en eso, y la persona parece tan aburrida como yo, me siento a entablar conversación. A los pocos minutos me entero de la imagen que la persona tenía de mí. “Hueón pesado”. En su derecho y en toda regla, lo cierto es que todos sabemos que no proyecto otra imagen. En mi defensa, debo decir que dicha imagen se debe principalmente a que en este país la gente está acostumbrada a que le digan las cosas en base a rodeos, eufemismos y filtradas hasta el cansancio. Molestias que jamás me he tomado, dado que el resultado final acaba teniendo nada que ver con lo que quiero transmitir y afrontémoslo, las personas no son de cristal. No van a romperse porque les digas lo que piensas1. O no deberían. Al menos si desde niños se les hubiera acostumbrado a escuchar las cosas como son y no como deben decirse para que no molesten / duelan / hieran sensibilidades / etc. mi forma de expresarme no sería percibida como pesadez. Pero me estoy desviando del punto.

Pasado un rato llegó Jon (no John) junto con otro amigo más. Salvado, al menos puedo conversar por allá. Voy a omitir todos los detalles insignificantes desde este punto en adelante para llegar a la parte que nos (¿les? ¿me?) interesa. En determinado momento atravieso el living, ahora acondicionado como pista de baile, y horror de horrores, soy interceptado por una fémina, una amiga de Jon y de su hermana, que no haya nada mejor que intentar bailar conmigo. ¿Por qué, Señor, me abandonas? ¿Por qué martirizas a tu siervo? ¿No he sufrido bastante? ¡Hambre, plagas, sequía, fuego lloviendo desde el cielo, conviérteme en estatua de sal, que me coma una ballena (de las que no mastican), llévate a mi primogénito, que la Concertación siga en el gobierno, lo que sea, pero que no me hagan bailar!

Con dificultad controlo mis impulsos primarios, que son tomar a la mujer, hacerla a un lado y salir corriendo. Recuerdo claramente haber pedido auxilio en voz alta. Tal vez demasiado alta. Sobra decir que los amigos nunca están cuando uno los necesita y que nadie salió en mi ayuda2. Reconocí, con dificultad, al pololo de esta joven, a un metro y medio de distancia aproximadamente. En forma amble pero firme la empujé en su dirección, y huí. Podría decir que me retiré de la escena con la frente en alto y paso sereno y cualquier observador casual podría confirmarlo. Sin embargo, la verdad sea dicha, huí. Todo el mundo tiene algo que no puede enfrentar. Superman cae indefenso ante la kriptonita, Batman se va a la cresta cada vez que visita el callejón en que mataron a sus padres, el(los) simbiontes (universo marvel) no soportan los ruidos fuertes o vibraciones en una determinada frecuencia… yo no bailo. Algunos sostienen que es un problema de actitud. No ahondaremos aquí en el por qué de ello, yo simplemente no bailo. Vuelvo a desviarme.

Me senté a la mesa para conversar con un par de amigos, y he aquí que esta mujer se sienta a mi lado y me dice que nos hemos llevado algo mal últimamente pero que eso no tiene por qué seguir pasando porque no tiene sentido echar a perder una amistad de tanto tiempo. Violenta patada a mi fuero interno, una sacudida terrible. Algo anda mal aquí… pero escuché bien. Repasemos mi relación con esta persona.

La conocí cuando la hermana de mi amigo empezó a integrar a sus amigas al grupo de amistades de mi amigo, hará unos diez años fácilmente. Mi contacto con ella siempre ha sido esporádico. Estoy completamente seguro de que no me he sentado a conversar con ella más de diez veces, nunca en forma personal sino siempre dentro de un grupo. No sé nada de ella. Me enteré hace poco de que había estudiado periodismo, precisamente por haber hecho un comentario despectivo acerca de los periodistas (¡ratas!). Dicho de otro modo, hice Chago, y de ahí que nos lleváramos no tan bien. O más bien dicho, que ella me mirara feo, me hablara nada y yo la tratara exactamente igual que como lo había hecho siempre, porque yo no tenía ningún motivo para estar molesto con ella (la unilateralidad de las relaciones interpersonales se extiende a toda la gama de sentimientos y emociones humanas). Lo sorprendente aquí, y fue precisamente lo que me dejó helado, es que esta persona me considerara su amigo. ¿Cómo es eso posible? Jamás hemos hablado nada en profundidad. No conocemos nada el uno del otro. No tengo idea de su trasfondo, de cómo es su familia, quienes son sus amistades, cómo ve el mundo, qué piensa de la vida, nada. Ni sabe ella nada de mí, salvo lo que pueda imaginar en base a lo poco que me ha visto. ¿Y así todo, quiere que no nos llevemos mal porque no tiene sentido echar a perder una amistad de diez años?

De verdad, quedé descolocado. Profundamente descolocado. Diez años, diez, y resulta que hasta ese día no conocía su nombre, simplemente su apodo. Diez años en que una persona aparece dentro de mi vida a intervalos relativamente regulares, y no tengo idea de cómo se llama ni de cómo es. Y lo más sorprendente, esta persona me considera un amigo. ¿El mundo se volvió loco, yo estoy mal o el concepto de amistad ahora abarca una serie de relaciones que uno antes guardaba bajo una etiqueta distinta? Hoy por hoy todo el mundo habla de los demás como amigos. Personas a las que han visto cuatro o cinco veces, a veces hasta una vez, todo eso que antes uno catalogaba como “conocidos” ahora son amigos. Todos tienen un millón de amigos y, supongo, cantan más fuerte. No sé. ¿Cuál es el objeto? Yo entiendo que la amistad implica un grado de cercanía con la persona. Un grado de cercanía importante. Sabes de ella, cómo es, qué piensa, sabes qué esperar de la persona. Si pusieras una foto de la persona en una hoja de papel, su nombre al lado de la foto, y luego te pusieras a escribir, probablemente necesitarías más papel y podrías llenar una carpeta pequeña. Los conocidos son una hoja en blanco, con un par de anécdotas a lo sumo. O quizá varias. Montones de anécdotas, de que los viste aquí y allá, carretearon juntos, etc. ¿Pasaste alguna alegría con ellos? ¿Alguna pena? ¿Son verdaderamente relevantes dentro de tu vida? ¿Hace alguna diferencia que estén o no? ¿Son fácilmente reemplazables? No necesito responder por nadie a estas preguntas. Cada uno conoce la combinación de respuestas que separan a un amigo de un conocido. ¿Por qué se empeña la gente en catalogar a 9 de cada 10 personas que conoce como amigo? No logro comprenderlo. Probablemente no lo haré nunca.

Me provoca sentimientos encontrados el haber sido catalogado de amigo en la situación anteriormente descrita. No sé cómo reaccionar. ¿Debo sentirme bien? ¿Apreciado tal vez? ¿Debo entender que me están tomando el pelo? No, la persona parecía hablar con honestidad, quienes la conocen mejor me dicen que es una muy buena persona, así que sin duda creía en lo que estaba diciendo. Entonces, ¿tengo algún problema? ¿Soy yo el que está mal? Porque compartir dicha postura me parece un imposible. De hecho, me gustaría poder hacerlo. Me encantaría poder decir, “sí, somos amigos, weeeeeeeeeee” y de verdad creerlo3, pero no puedo. Antes tengo que desarrollar una amistad. No es la clase de cosa que se pueda forzar, simplemente pasa. ¿Pienso demasiado las cosas? ¿Pongo muchas trancas a todo? ¿O tal vez se ha degradado mucho un concepto, una institución preciosa y se hace urgente rescatarla?



1 Y si se rompen, algún psicólogo me dará las gracias algún día.

2 Mi venganza será terrible.

3 A ojos cerrados y con convencimiento absoluto, como esas personas que dicen que no existe Dios y que el día que enfrentan un peligro de muerte real le piden que los salve con todas las fuerzas de su alma.

3 Comments:

Blogger Un Mundo Feliz said...

Totalmente de acuerdo contigo frente a la prostitución de la palabra amistad.

En investigación es necesario definir las variables tanto conceptual como operacionalmente, siendo la última clasificación la que permite establecer a qué nos vamos a referir específicamente cuando hablemos del concepto utilizado. De esta forma todos pueden hablar del mismo objeto, entendido en función de los mismos parámetros.
El punto es que en las relaciones sociales no podemos estar constantemente "operacionalizando" los conceptos que nutren nuestros discursos. Sería quizás más claro, correcto, ordenado, etc. Pero sería plástico.
Un "somos amigos" muchas veces no tiene nada que ver con ser amigos, pero quizás podría llegar a serlo. ¿Cómo saberlo si se cierran esas puertas por no reunir los criterios conceptuales necesarios?

Saludos amigo, de los de verdad eso sí jajja

1:41 a. m.  
Blogger Unknown said...

Gracias por el aporte Jon. Aclaro que no se trata de cerrar puertas a propósito ni en forma consciente. Por el contrario, las puertas nunca están cerradas con llave. Si la gente toca, lo más probable es que uno abra y si piden permiso se les deje entrar. El asunto acá va más por el lado de cómo reaccionar cuando la gente patea la puerta y entra.

1:26 p. m.  
Blogger M A Bustamante said...

Traté de imaginarte en la situación del baile, y no pude más que captar el sufrimiento máximo al que un ser humano puede ser expuesto xD
y debo admitir que no me generaste compasión por tu dolor, sino mucha risa. MUCHA. ni te imaginas todo lo que me reí.
Gracias por darnos razones para reír ;)
2.-
tus amigos deben pagar, no hay duda. Si quieres yo los sujeto y tú les pegas ;)
3.-
La gente está loca. Los conocidos sí existen, pero es mucho más fácil y cómodo meterlos dentro de la categoría de amigos, porque nunca sabes qué es lo que ellos piensan respecto de ti. Y después se pelan cuando les das la espalda.
La gente apesta, así de fácil.
Así que no te sientas mal. Esa niña claramente no comparte tu misma visión al respecto. Easy as that.
Cuando se me ocurra algo más que decir, lo haré. :D
Marita.

8:08 p. m.  

Publicar un comentario

<< Home