Life and times of a Chance.
A veces la vida nos trata mal. A algunos, bastante más seguido que a otros, pero no es eso lo importante. Todos pasamos por momentos difíciles alguna vez. Los hay que los superan con facilidad, otros simplemente son incapaces de ello.
La vida, otras veces, nos presenta oportunidades. La oportunidad de conocer gente, estudiar, conseguir un empleo, formar una familia o simplemente pasar un rato agradable escuchando música. Cuando una oportunidad parece especialmente agradable o positiva, y llama poderosamente nuestra atención, depositamos en ellas nuestras esperanzas, añorando verlas concretadas.
Ocasionalmente se concretan y dependiendo de las expectativas que hayamos tenido sobre ellas, quedamos satisfechos, contentos e incluso, derechamente felices. Una oportunidad puede ser lo suficientemente importante para uno como para que lleguemos a atribuirle la condición de “puerta a la felicidad”. Resulta especialmente lamentable cuando una de estas oportunidades pasa, y no se concreta.
Seamos realistas. Una oportunidad es una cosa tan viva como uno mismo. Nace, se desarrolla y puede o no llegar a buen término. Dependiendo de qué tan prontos estemos a reaccionar y de las decisiones que tomemos, la oportunidad puede simplemente no rendir fruto, pasar de largo ante nuestros ojos, lo que sea. Si hemos puesto grandes esperanzas en esta oportunidad y la vemos morir, inevitablemente nos embarga una sensación de fracaso. Reproduciendo un conjunto de sensaciones de las que he sido víctima hace muy poco rato, estás van desde la decepción al entusiasmo, pasando entre una y otra por resignación, molestia, una estúpida alegría y sentimiento de grandeza completamente injustificada y, claro está, enojo. Nada de esto importa.
¿Por qué es que no importa? Porque no cambia en nada las cosas. Y lo importante está ahí. El cambio. Generar cambios demanda esfuerzo. Las oportunidades están tan vivas como nosotros, lo que significa que mueren. Pero tonto es aquél que ve morir a alguien a quien quiere sin luchar por él. Lo mismo pasa cuando una oportunidad es importante para nosotros. Hay que luchar por ella.
Pero, ¿cómo luchar con un corazón herido o roto, con el peso de la desilusión haciéndose sentir en toda su espantosa y desesperante magnitud sobre los hombros de una persona derrotada?
Ciertamente, tal empresa no puede estar reservada a un miserable hombre, sino a un hombre excepcional, a un auténtico parangón de la superación de la adversidad. Mentira. Todos tenemos la capacidad de ponernos en pie, sacudirnos el polvo de encima y plantar cara a la lucha una vez más. Y otra. Y las que sean necesarias. Porque, ¿qué cosa auténticamente importante no demanda esfuerzo y sacrificio? Lo bueno, cuesta. Nada que no cueste vale la pena.
Así que, aquellos de ustedes que se sientan como he descrito, basta. Suficiente de quejarse y lloriquear, dejen eso para los que puedan permitirse dejar que la vida les pase por delante sin hacer nada. Es difícil, sí. No puede no serlo. El dolor es alienante, no nos permite ver las cosas en correcta perspectiva y las sobredimensionamos. Para enfrentar una tarea gigantesca, se precisa una fuerza monumental. Y es en estas condiciones, cuando todo nos juega en contra, cuando podemos sacar la fuerza titánica necesaria para llevar a cabo cualquier empresa.
Así que arriba, puños alzados, la vista al frente y adelante. Ya habrá tiempo de descansar cuando se haya hecho lo que deba hacerse.
Esto va dedicado a todos ustedes, mis queridos amigos. Peleen por lo que quieren. Tal vez sea una batalla que no puedan ganar, y sus esfuerzos estén condenados al fracaso aún antes de ponerse en pié y plantar pelea. No importa. No se queden cruzado de brazos, viendo como la oportunidad se aleja. No sean el sujeto que tiempo después diga “debí haberlo intentado”, sino aquél que dirá “hice todo cuanto pude”.
La vida, otras veces, nos presenta oportunidades. La oportunidad de conocer gente, estudiar, conseguir un empleo, formar una familia o simplemente pasar un rato agradable escuchando música. Cuando una oportunidad parece especialmente agradable o positiva, y llama poderosamente nuestra atención, depositamos en ellas nuestras esperanzas, añorando verlas concretadas.
Ocasionalmente se concretan y dependiendo de las expectativas que hayamos tenido sobre ellas, quedamos satisfechos, contentos e incluso, derechamente felices. Una oportunidad puede ser lo suficientemente importante para uno como para que lleguemos a atribuirle la condición de “puerta a la felicidad”. Resulta especialmente lamentable cuando una de estas oportunidades pasa, y no se concreta.
Seamos realistas. Una oportunidad es una cosa tan viva como uno mismo. Nace, se desarrolla y puede o no llegar a buen término. Dependiendo de qué tan prontos estemos a reaccionar y de las decisiones que tomemos, la oportunidad puede simplemente no rendir fruto, pasar de largo ante nuestros ojos, lo que sea. Si hemos puesto grandes esperanzas en esta oportunidad y la vemos morir, inevitablemente nos embarga una sensación de fracaso. Reproduciendo un conjunto de sensaciones de las que he sido víctima hace muy poco rato, estás van desde la decepción al entusiasmo, pasando entre una y otra por resignación, molestia, una estúpida alegría y sentimiento de grandeza completamente injustificada y, claro está, enojo. Nada de esto importa.
¿Por qué es que no importa? Porque no cambia en nada las cosas. Y lo importante está ahí. El cambio. Generar cambios demanda esfuerzo. Las oportunidades están tan vivas como nosotros, lo que significa que mueren. Pero tonto es aquél que ve morir a alguien a quien quiere sin luchar por él. Lo mismo pasa cuando una oportunidad es importante para nosotros. Hay que luchar por ella.
Pero, ¿cómo luchar con un corazón herido o roto, con el peso de la desilusión haciéndose sentir en toda su espantosa y desesperante magnitud sobre los hombros de una persona derrotada?
Ciertamente, tal empresa no puede estar reservada a un miserable hombre, sino a un hombre excepcional, a un auténtico parangón de la superación de la adversidad. Mentira. Todos tenemos la capacidad de ponernos en pie, sacudirnos el polvo de encima y plantar cara a la lucha una vez más. Y otra. Y las que sean necesarias. Porque, ¿qué cosa auténticamente importante no demanda esfuerzo y sacrificio? Lo bueno, cuesta. Nada que no cueste vale la pena.
Así que, aquellos de ustedes que se sientan como he descrito, basta. Suficiente de quejarse y lloriquear, dejen eso para los que puedan permitirse dejar que la vida les pase por delante sin hacer nada. Es difícil, sí. No puede no serlo. El dolor es alienante, no nos permite ver las cosas en correcta perspectiva y las sobredimensionamos. Para enfrentar una tarea gigantesca, se precisa una fuerza monumental. Y es en estas condiciones, cuando todo nos juega en contra, cuando podemos sacar la fuerza titánica necesaria para llevar a cabo cualquier empresa.
Así que arriba, puños alzados, la vista al frente y adelante. Ya habrá tiempo de descansar cuando se haya hecho lo que deba hacerse.
Esto va dedicado a todos ustedes, mis queridos amigos. Peleen por lo que quieren. Tal vez sea una batalla que no puedan ganar, y sus esfuerzos estén condenados al fracaso aún antes de ponerse en pié y plantar pelea. No importa. No se queden cruzado de brazos, viendo como la oportunidad se aleja. No sean el sujeto que tiempo después diga “debí haberlo intentado”, sino aquél que dirá “hice todo cuanto pude”.
“Si te postran diez veces te levantas
Otras diez, otras cien, otras quinientas ...
No han de ser tus caídas tan violentas
Ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
Con el hambre genial con que las plantas
Asimilan el humus avarientas,
Deglutiendo el rencor de las afrentas
Se formaron los santos y las santas.
Obsesión casi asnal, para ser fuerte,
Nada más necesita la criatura,
Y en cualquier infeliz se me figura
Que se rompen las garras de la suerte ...
¡Todos los incurables tienen cura
Cinco segundos antes de la muerte!”
¡Avanti! – Almafuerte
“No te des por vencido, ni aun vencido,
“No te des por vencido, ni aun vencido,
No te sientas esclavo, ni aun esclavo;
Trémulo de pavor, piénsate bravo,
Y arremete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido,
Que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;
No la cobarde intrepidez del pavo
Que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora,
O como Lucifer, que nunca reza,
O como el robledal, cuya grandeza
Necesita del agua y no la implora ...
¡Que muerda y vocifere vengadora,
Ya rodando en el polvo tu cabeza!”
¡Piu Avanti! – Almafuerte.

3 Comments:
es dificil pasar de un estado de fracaso absoluto a otro estado de "lucharé no importa como"... me pasa cuando cosas parecidas a estas me suceden... y aprendí con el tiempo que es mucho mejor contar lo que hiciste a lo que no hiciste nunca. Por supuesto cuidando muchas veces la dignidad y el orgullo...
No me queda más que desearte la mejor de las suertes en esto, dicen que el que la persigue la consigue pero no siempre es así, más bien espero que todo sea propicio para que los instantes más intensos se puedan dar y tu puedas lograr tu cometido... espero lo logres y seas muy feliz :)
Puta Jara...
Siempre deja que tu luz te guíe, sin duda de ahí surgen las fuerzas para levantarte una y otra vez.
Pero también escucha su sabiduría, ya que puede decirte que hay momentos en que es mejor esperar.
Soy un fiel creyente de que hay un momento para cada cosa.
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