Chago's Corner

Francamente, no se me ocurre una descripción adecuada. ¿Y a ustedes?

Nombre: Unknown

sábado, noviembre 26, 2005

Así es la Vida.

Ayer o anteayer (mi memoria se caracteriza por su fragilidad) alguien me dijo “Hoy es un día triste. Murió Pat Morita.” Siendo tan descaradamente honesto como suelo ser, creo que difícilmente podría haberme importado menos, así que por toda respuesta me limite a decir “Así es la vida. Se acaba.”
Oh, sorpresa. La vida se acaba. De perogrullo, ¿no?, pero así es como funciona. Hay dos hechos ciertos e inevitables en el transcurso de nuestras vidas. Uno: nacemos/principiamos nuestra existencia y, dos: morimos.
Quería, dado que alguien por ahí me pidió que escribiera algo un poco más mío y decidí darle en el gusto, comentar un poco mis impresiones sobre el término de nuestra existencia, física al menos. Dicho de otro modo, la muerte. He oído decir que la muerte, en cualquiera de sus formas, es un desperdicio. No estoy muy de acuerdo, aunque no me ha tocado enfrentar esa faceta de la muerte. Una muerte casual, digamos, la producida por un accidente perfectamente evitable, o por simple mala suerte, no puedo sino considerarla un desperdicio. Creo que no podría considerársela de otra forma. Pero la mera casualidad no es la única cara de la muerte. Existe además la muerte que llega para arrebatarte a los que quieres. Nunca he experimentado la pérdida de un ser querido por una enfermedad fulminante, así que no sé lo que es perder a alguien de la noche a la mañana por, qué se yo, un infarto. Sé lo que es perder a alguien producto de una enfermedad lenta y dolorosa. Ves la sombra de la muerte acechando a la persona que amas por un cierto tiempo, en ocasiones días, otras meses, hasta que finalmente el cazador reclama a su presa. Y la persona que amas se ha ido. Uno más que parte de tu lado.
Otras, ves a alguien postrado en una existencia miserable de la que no puede escapar. Por años. Finalmente llega la muerte, liberándolo de la prisión en que se encuentra. Porque créanme, para una persona que ha sufrido múltiples derrames cerebrales, se encuentra en un progresivo estado de deterioro y lo único que la mantiene viva es un marcapaso, su propio cuerpo no puede ser sino una prisión. Así que, después de años en ese estado, la muerte no resulta un episodio doloroso, por lo menos para nosotros, terceros espectadores. Yo al menos no pude sentirme mal por ello, y me habría parecido un gesto de sumo egoísmo el haber llorado su partida. Sí, no es el más feliz de los finales. Habría preferido que mágicamente sanara, pero ello no es posible, por lo que, con los pies bien puestos en la tierra, no podía sino estar contento por esta persona, pues por fin dejaba de sufrir.
El caso anterior a este último sí que lo sufrí. Pero, viéndolo hoy con calma, no tendría por qué haberlo sufrido. Racionalmente hablando, claro. La persona en cuestión estaba muy enferma, conciente y sumida en muchísimo dolor. No había tratamiento ni operación posible. Sólo restaba esperar a que la enfermedad hiciera lo suyo. Y entonces, verla morir. Y así fue, y yo sufrí. Porque en ese instante, me porté como un niño egoísta y fui incapaz de pensar siquiera en ponerme en el lugar de esta persona. Viéndolo hoy, años después, con calma, creo que no habría sufrido tanto. Quizá hasta me habría alegrado un poco. ¿Por qué? Porque no había otro camino, y la única forma de que su sufrimiento, de que su agonía terminase, era esa. Por fin estaba en paz. Por fin el dolor desaparecía, quedaba atrás.
No sé que es lo que hay después de la muerte. Tal vez todo termina ahí, aunque personalmente no lo creo. Me cuesta aceptar la idea de un infierno, lo considero absurdo. Tampoco creo en un cielo. Creo en un perfeccionamiento del ser. Tal vez la muerte es sólo una puerta que uno ha de cruzar tarde o temprano para seguir con su camino, y es por lo mismo que no la veo hoy con miedo. No la mía al menos. La de otros, sólo cuando ello me resultaría doloroso. Y la muerte de miles, en tragedias, atentados y cosas por el estilo, por duro que sea jamás me ha importado. Porque es una condición natural de la vida. Una vez vivos, debemos morir. Cientos de personas nacen a diario y nadie lo festeja. Si un día mueren miles o cientos de personas, no veo por qué llorarlo más de lo que uno festeja los nacimientos. Son hechos de la vida, propios de la misma, y por ello es que los tomo con naturalidad, la misma naturalidad con que me tomo todos esos sucesos que, siendo todo lo frío que puedo ser en base a un criterio meramente práctico, me tomo todos los demás que revisten el mismo carácter: para mi, son irrelevantes. Probablemente evitables, y por lo mismo una lástima. Pero no los veo como gigantescas y monumentales tragedias. Por favor, observemos que estoy refiriéndome únicamente a la muerte en sí. No me tomo con la misma indiferencia el dolor del niño que llora junto al cadáver de su madre, el inenarrable sufrimiento del padre que debe enterrar a su hijo, contraviniendo así el orden natural de las cosas, o el del amante que pierde a su amado/a. No, ello reviste otro carácter. No puede permanecerse indiferente ante ello, no así ante la muerte, que es simplemente una parte inevitable de la vida. Algunos dirán, el fin de la misma. Personalmente pienso que quizá sólo sea un nuevo comienzo.