Coraje
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(El autor no se responsabiliza por lesiones que los lectores puedan autoinflingirse, ni indemnizará por concepto de tiempo de vida malgastado inútilmente)
Según el diccionario de la R.A.E. :
Coraje: impetuosa decisión y esfuerzo del ánimo, valor. 2º Irritación, ira.
Valor: 4º Cualidad del ánimo que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y arrostrar los peligros. Usado en sentido peyorativo denota osadía y hasta desvergüenza.
Valor: 4º Cualidad del ánimo que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y arrostrar los peligros. Usado en sentido peyorativo denota osadía y hasta desvergüenza.
Abordar el coraje como virtud resulta en un primer momento difícil, dado que en principio el coraje no es algo bueno ni malo en si mismo. En este sentido su naturaleza dependerá de a qué causa se encuentre prestando servicio. En esta forma, el coraje es antes una cualidad que una virtud, y pudiendo estar tanto al servicio de causas nobles como innobles parece ser una cualidad neutra que deberá analizarse en forma casuística.
Tanto el más vil de los criminales como el más noble de los héroes pueden ser valientes. Es más, un delincuente malo hasta la médula (recurramos a la figura del villano de opereta) valiente probablemente será peor que uno igualmente malvado pero cobarde. Sus fechorías serán de mayor escala, más dañosas, etc. Y sin embargo el valor o coraje de este individuo parece redimirlo en cierta forma, pese a que aumenta su peligrosidad, porque es bien visto ser valiente. ¿Se puede poner una virtud al servicio de una mala causa? Y de poderse, ¿sigue siendo una virtud? Según Voltaire el coraje no es virtud, sino una cualidad, como he expuesto anteriormente, y en esto no se diferencia de otras cualidades como la inteligencia o la fuerza, que al igual que el coraje son moralmente neutras pues su valoración depende de en qué se las ocupe. Dicho de otro modo, el coraje es – al menos hasta este punto – moralmente neutro.
¿Cuándo es virtuoso el coraje? Alguno podrá sostener que cuando está al servicio de una causa noble, lo cual podría parecer cierto y no tiene por qué no serlo. Sin embargo, como respuesta resulta insuficiente. El coraje podría estar al servicio de una causa noble y no por ello resultar una virtud. Tenemos que atender entonces a las motivaciones de fondo. El coraje interesado (me sacrifico por la causa porque mi sacrificio me abrirá la puerta del cielo) carece de valor moral, y el coraje egoísta es simple egoísmo. Desde un punto de vista moral, el coraje es estimable como positivo cuando hablamos de riesgos enfrentados sin motivaciones egoístas. Tiene entonces que encontrarse al servicio de un tercero, escapando al interés egoísta inmediato. Sirve de ejemplo el caso del sujeto que se encuentra caminando por la calle y presencia un asalto a alguna otra persona y corre a socorrerla, sin segundas consideraciones ni con la esperanza de recompensa alguna; lo hace simplemente porque la víctima necesita ayuda. Aquí cualquiera podría señalar que podría tratarse de egoísmo y por ello no de una acción virtuosa ni moralmente correcta, pues si bien no parece haber recompensa alguna el “héroe” en cuestión podría estar pensando en la gratificación moral que vendrá después, por lo que en realidad está pensando en su posterior felicidad. “Sí, ayudé a alguien, soy un buen tipo, estoy orgulloso de mi mismo.” Lo que no es malo. Sin ir más lejos, la R.A.E. define altruismo como “diligencia en procurar el bien ajeno aún a costa del propio.” Si ello provoca cierta satisfacción al altruista, o aún mejor, auténtico placer, pues fantástico, y no por ello lo hace menos altruista.
Kant sostenía que el amor a uno mismo, sin ser siempre culpable, es fuente de todo mal. Como simple opuesto uno podría sostener que el amor al prójimo sería entonces la fuente del bien. Claro, eso crea un distanciamiento enorme entre un amor y otro y hace parecer al primero como algo malo u egoísta, pero no es el caso. Sólo se puede amar a otra persona en la medida que uno se ama a si mismo. Hay quienes sostienen que aún el amor es egoísta y quien sabe, tal vez lo sea. Pero el amor desinteresado pasa a ser – cuando es verdadero – altruista.
Volviendo con el coraje, este sería una virtud en la medida que se encontrara al servicio de una causa generosa y en beneficio de terceros. Como rasgo del carácter, la escasa sensibilidad al miedo o el soportarlo bien. Yo me inclino más por esto último. Desde mi punto de vista, valiente no es aquél que es inmune al miedo o simplemente se asusta muy poco. Valiente es aquél que no se permite verse paralizado por sus temores e inseguridades y a pesar de ellos actúa, y aún más, lucha por conquistarlos. De esto sigue desprendiéndose que el coraje es, al menos en este caso, una cualidad neutra pues puede que beneficie únicamente a la persona que lo siente y por ello carece de valoración moral. Un delincuente requiere de valor para dar un gran golpe puesto que hay riesgos asociados, y no por ello el coraje o valor pasa a ser una cualidad moralmente apreciable.
Para encontrarnos frente a una virtud el coraje deberá suponer alguna forma de altruismo, desinterés o generosidad, y si hay miedo de por medio, tendrá que haber la suficiente fuerza de espíritu para sobreponerse a él. Así el coraje sería pilar de las demás virtudes, lo mismo que la prudencia. Sin el coraje para hacer lo correcto cuando ello resulta difícil de buenas a primeras, las demás virtudes simplemente se desmoronan. Sin la prudencia para guiarlas, las demás virtudes jamás cumplirían sus propósitos. Un sujeto que no es prudente ni valiente no sabría de qué medios valerse para alcanzar un determinado fin o realizar una acción, ni sería capaz de reunir el coraje suficiente para concretar dicha empresa.
Según Santo Tomás el coraje es condición de toda virtud frente al peligro. Es así que las demás virtudes se apoyan en él y giran en base a éste, lo que lo hace una virtud cardinal y general. Aristóteles sostiene que toda virtud requiere actuar de manera firme e inquebrantable. Este sería el coraje general. Coraje en sentido estricto es la virtud que permite afrontar los peligros y soportar los trabajos (Cicerón). El coraje es opuesto a la cobardía, pero además a la pereza y la apatía. De este modo el coraje no solo faculta para vencer al miedo, sino también para sobrellevar las demás amarguras de la vida, como pueden ser la pérdida de seres queridos y el trabajo, entendido este último como una carga antes que una actividad satisfactoria. En este caso el coraje se entendería como esfuerzo, y nos permitiría resistir el impulso – del que todos hemos sido víctima – de dejar de lado el trabajo y refugiarnos en la búsqueda del placer, la recreación o simplemente mirar el techo. Siendo la virtud esfuerzo – nunca son fáciles de seguir o aplicar – entonces la virtud es coraje. De ahí que “cobarde” se tenga por el peor de los insultos, no porque lo peor del hombre sea la cobardía sino porque siendo el coraje el pilar de las demás virtudes, sin él se encontraría uno privado de todas las demás, carente de toda virtud, víctima de los propios impulsos – racionales o no – y sin la capacidad de resistir a los demás.
Platón sostuvo que el coraje es la “ciencia de las cosas temibles y de las que no lo son”, o al menos “la salvaguardia constante de una opinión recta y legítimamente acreditada sobre las cosas que son o no temibles.” Ninguno de los dos conceptos o definiciones me convence en lo absoluto. Omiten el hecho que el coraje supone miedo. El miedo, sea racional, justificado o simplemente irracional es una cuestión que se impone sobre uno. Los temores pueden disiparse, sí. La ciencia, dando certezas (y se sostiene que también la filosofía) disipa el objeto de los miedos. En esto es distinta del coraje. El coraje no hace desaparecer al miedo, simplemente te hace capaz de enfrentarlo y superarlo. Para esto, el miedo tiene que existir. Si tienes la certeza de que, por ejemplo, no hay nada en la oscuridad, que esta es simple ausencia de luz, no hay ninguna necesidad de ser valiente. Sabes que ahí no hay nada. Se necesita coraje cuando las certezas, sean científicas, filosóficas o religiosas, fallan o resultan insuficientes. El saber disipa los objetos del miedo, o cuando menos les resta peso, pero no por ello da coraje. El coraje no es un saber ni una opinión, es un acto. La razón puede dictar qué es lo que hay que hacer, qué es lo correcto, pero en ningún caso da la fuerza para hacerlo. Se da el ejemplo aquí del sujeto que es sometido a tortura para extraerle información. El tipo sabe que no debe hablar. De ahí a que sea capaz de resistir la tortura y evitar hablar hay un trecho bastante largo. Y aunque este sujeto en particular fuera capaz de hacerlo, nada garantiza que un segundo individuo pueda hacerlo también, por mucho que sepa que no debe hablar. Misma razón, distinta voluntad. Aquí voluntad es coraje, puntualmente una manifestación de aquél.
La razón es siempre general, mientras que el coraje es particular. El coraje nos permite enfrentar la verdad, por incómoda o amarga que ésta pueda ser. Todos nos hemos engañado a nosotros mismos alguna vez, porque resulta más cómodo o menos doloroso. El coraje intelectual es la capacidad de rechazar esas cómodas mentiras o ilusiones y enfrentar la verdad, lo que se llama lucidez. El coraje sólo tiene sentido aquí y ahora, frente a los miedos inminentes, y esto porque somos vulnerables y finitos. El coraje no reside en la razón ni en las certezas, sino en la voluntad.
Podría pensarse que el coraje existe sólo en un primer minuto, a la hora de atreverse a realizar algo. Pero al igual que el presente, que no es sino un continuo permanente, el coraje se renueva constantemente. Se necesita coraje para empezar una tarea ardua y larga, pero también para no abandonarla y terminarla. A lo largo de todo ese proceso habrá que reunir coraje a través de fuerza de voluntad una y otra vez.
El coraje se manifiesta en distintas formas, y con distinta intensidad. Dado que el miedo paraliza (imaginen un conejo que es sorprendido por algún depredador) toda acción, aún emprender la huída, es coraje. El esfuerzo por hacer las cosas bien o simplemente por mantenerse alegre ante la vida a pesar de los obstáculos que esta pueda presentar ya es coraje.
Al igual que las demás virtudes, el coraje solo existe en presente. El haber tenido coraje en el pasado no es garantía de que se lo volverá a tener en el futuro. Tampoco tiene mucho sentido querer ser valiente en el futuro, pues esta valentía no se comprobará hasta que uno se encuentre plantando cara a un problema o amenaza. El haber tenido la intención de ser valiente el día que uno se enfrentara a ella no era sino una expectativa, un deseo, tal vez un sueño. El si se vuelve o no real se verá cuando el sujeto se encuentre efectivamente enfrentado al riesgo. Se es valiente sobre la marcha, no cuando se trata de enfrentar cosas que ya no existen (pasado) o amenazas que aún no se concretan (futuro). Ahora bien, el tema del coraje necesario en el pasado, o para situaciones pasadas, merece comentario. Una situación bien puede prolongarse en el tiempo, y con ello hacerse necesario un coraje constante para lidiar con ella. Es el caso de esos dolores que se mantienen en el tiempo, como la pérdida de los seres queridos. Supongamos el caso de un padre (o madre para quienes pudieran padecer de alguna sensibilidad herida) que ha perdido un hijo. Está el dolor del momento, sí. Pero ese hecho en sí constituye una sombra que le acompañará de por vida, y tendrá que soportarlo siempre. Y para soportar ese dolor a lo largo del tiempo, necesitará el mismo coraje que necesitó en un principio, si acaso no más. Una muerte es algo que se lamenta tremendamente en el minuto, pero que se siente aún más cuando seis días después te encuentras sólo en casa y entiendes que alguien ya no está, y que simplemente no volverá a estar. Cuando el sufrimiento es peor que el miedo, cada vez se requiere más coraje para soportarlo.
¿Qué se requiere para ser valiente? La respuesta es redundante, pero basta con serlo.
Existe algo llamado “coraje de la desesperación”, que sería un fenómeno que se produce cuando una persona ya no tiene nada que perder. Esta forma de coraje aparece sólo cuando se ha renunciado a toda esperanza. Un verdadero héroe no sólo puede hacer frente al riesgo, sino también a la certeza de la muerte e incluso más, a la certeza de la derrota absoluta. Un soldado en un campo de batalla puede ser consciente de que su regimiento está perdido, de que por mucho que defienda su posición no hará ninguna diferencia, de que huir es inútil y de que, aunque se ponga en pié y luche hasta su final, ninguna canción recordará su nombre, ninguna estatua conmemorará si hazaña. Sus enemigos lo aplastarán a él y a los suyos, y como son los vencedores quienes escriben la historia, de él y de su gente tal vez no quede ni el recuerdo. Entonces, ¿por qué perseverar? Porque se debe. Sea por un fuerte sentido del deber, o porque no hacerlo sería indigno. O quizá por la simple belleza del gesto. Aristóteles decía que “las personas en verdad valientes sólo actúan por la belleza del acto valeroso, por amor al bien o impulsados por el sentimiento del honor”. Los invito a pensar en la batalla de las Termópilas. También sostiene que la modalidad más elevada del coraje es el coraje sin esperanza. Cuando no se espera nada – ni aún sobrevivir – no se teme nada. Todo el coraje del que pueda hacer acopio una persona queda reunido en forma inmediata y absolutamente disponible. Es un hecho que el coraje no es exclusivo de los optimistas. Es indudablemente más sencillo emprender una tarea o perseverar en ella cuando hay esperanzas puestas en que es concretable, que se la puede llevar a buen término, convertir en un triunfo. Y en realidad, entre más certeza haya sobre esto, o más simple sea la tarea, menos necesidad hay de coraje.
Finalmente, y volviendo con Aristóteles, hay que señalar que el coraje no carece de mesura, y también es esta mesura lo que lo transforma en virtud. Los riesgos asociados a un determinado fin deben siempre evaluarse. Es distinto arriesgar la vida por una causa noble que hacerlo por una estupidez, como jugar a la ruleta rusa. Esto último no es valentía, es temeridad. Así el coraje se mantiene en un punto equidistante de dos extremos, a saber la cobardía y la temeridad. El cobarde está demasiado sometido a sus miedos y el temerario o bien se despreocupa por completo de su vida o del peligro, por lo ninguno de los dos puede ser en verdad (virtuosamente) valiente. Un hombre se muestra virtuoso cuando sabe cuándo enfrentar un peligro y cuándo huir de él, en la medida que toma esas decisiones con la misma fuerza de espíritu.
Un último comentario es que el coraje depende del azar, que es más fuerte que él, y le está sometido. Todo hombre puede verse enfrentado a algo que no podrá soportar y que se vea enfrentado o no a ello antes del fin de sus días es cuestión de suerte. Probablemente, mala suerte.
Etiquetas: Reflexiones

1 Comments:
Debo decir que tengo que ponerle un 7 a tu ensayo
que manera de ser denso!!!!!
aunque interesante :D quizás una redacción más literaria podría haber aumentado la proporción de lecturas XD
y concuerdo con tu punto principal, y con lo del azar :)
me convenciste
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