Chago's Corner
Francamente, no se me ocurre una descripción adecuada. ¿Y a ustedes?
sábado, noviembre 26, 2005
martes, noviembre 22, 2005
¿Es que NUNCA va a quedarse callada?
Lo cierto es que no cerró la boca hasta que me puse en pié para irme, pero vayamos al principio de la historia.
Hará unas dos semanas estaba aburrido hasta más de lo humanamente posible. Era algo así como mitad de semana, a eso de las 00:30am y no tenía nada (pero de verdad nada) que hacer. Logré ponerme de acuerdo con un amigo para ir a comer algo, y luego fuimos a visitar a otro amigo que vive muy cerca de donde estábamos. Sólo minutos más tarde entendería, quizá por vez primera en mi vida, el real sentido de “más vale solo que mal acompañado”.
Al llegar a la casa de este sujeto me topé con que ya algo estaba haciéndose. Nada del otro mundo, una que otra botella sobre la mesa y un puñado de mortales alrededor de la mesa (mi amigo, otro más que parece ser parte del inmueble a estas alturas, su hermana y una amiga de ella). No habíamos alcanzado a cruzar un minuto de diálogo cuando la situación derivo a una agradable aunque desordenada partida de uno. La velada fue agradable hasta que alguien cometió el fatídico error de decir “paremos”. Muy bien, ¿Y qué vamos a hacer? “Conversar.”
Habitualmente me opongo a ese tipo de decisiones, dado que las más de las personas tienen mucho que decir, casi nada que valga la pena escuchar, puras necedades de las que hablar y ciertamente nada de qué conversar. Pero los engranajes de la imparable máquina de la fatalidad ya habían comenzado a moverse y, como más tarde descubriría, no existe poder sobre la tierra capaz de detenerlos. O, siendo más exacto, de hacerlos callar.
La conversación comenzó con temas apasionantes, cuales son las sesiones de fotografía y el modelaje, mundos expuestos por la amiga de la hermana del dueño de casa, quien modela en forma aficionada, según logré entender. Y créanme, fue un logro, porque esta persona necesita desesperadamente un curso de oratoria. La situación ya iba mal, básicamente porque no se puede extender a más de veinte minutos un tema que no da para más de tres, menos aún si se trata de un monólogo y si el orador está resultando excesivamente repetitivo y aún más, incoherente en su discurso, cuando a alguien (sí, al pastelito que ya nos tenía aburridos con el discurso) se le ocurrió hablar de la franja electoral. Alguien intentó en vano oponerse a la idea, dado que el tema siguió adelante impulsado por nuestra “animadora”, dado que nadie más lograba participar. Y es aquí, señores, cuando verdaderamente comencé a exasperarme.
Resulta insoportable escuchar una opinión tonta por más de veinte minutos. Ahora intenten escuchar por cerca de cuarenta minutos dos opiniones tontas, diametralmente opuestas, emitidas por una misma persona respecto de un mismo tema. ¿Creen que resulta insoportable? Tranquilos, se pone mejor. Ahora, transformen la situación en un monologo, donde el hablante posee una abrumadora INCAPACIDAD de síntesis (bien pudo resumir todo a cuatro minutos, pero NO), una pobreza lingüística insultante y una cantidad de errores conceptuales incapaz de pasar desapercibida por un niño de cinco años especialmente tonto. Si a todo eso sumamos que al intentar decir algo uno es interrumpido por la misma verborrea sin sentido, que simplemente no para, podrán ustedes hacerse una idea, me atrevo a decir, vaga, de lo que es escuchar (porque no fue una conversación) a esta persona.
Tengo paciencia. Me atrevería a decir que, para con las mujeres, mucha. Sin embargo, soy humano y tengo límites. Esta mujer los alcanzó en un tiempo record. Eventualmente, a eso de los cincuenta minutos de intentar vanamente intercambiar opiniones con ella y con cualquier otra persona allí presente, dado que no dejaba hablar a nadie, me vi forzado a interrumpirla con toda la sutileza de que fui capaz. Intentaré reproducir más o menos fielmente lo que dije en ese minuto.
“Cállate. No, en serio, para un minuto, por favor. No hay forma de decir estoy amablemente, pero intentaré hacerlo tan sutilmente como sea posible. Has estado hablando constantemente, sin dejar hablar a nadie más, y cuando lo hemos intentado nos has interrumpido sin que alcancemos a decir nada. Por favor, déjanos hablar.”
Pretendía decir algo a continuación pero, sorpresa lectores, fui interrumpido. Otra vez. Intenté en vano decir algunas palabras, porque esta mujer no dejaba de hablar. Imaginen que están subiendo una gigantesca cascada a nado. Encadenados a algo de considerable peso, digamos, un portaaviones. Sí, conversar con ella es más o menos eso. No se puede.
Sólo cuando decidí que era suficiente e interrumpí su monólogo con un sonoro y cargado de júbilo “¿Vamos?” dirigido al amigo que me había acompañado en mi infeliz visita, y este accedió gustoso, fue que ella guardó silencio y pareció quizá hasta haber entendido que algo había tenido ella que ver con mi abrupta retirada. Y guardó silencio hasta que abandonamos el recinto.
No dudo que dos segundos después de que cerramos la puerta tras nosotros ha de haber empezado a hablar incesantemente, y nada digno de escucharse.
